Kevin, treintaañero, risueño, habitante de Los Lotes, guardó el taxi antes de mediodía. “Creí que por el Día del Padre habría más movimiento, pero nada”. Apenas es una queja. Aprovecha el tiempo para jugar con sus hijos y sobrinos que han armado una pequeña fiesta a la entrada de su casa, una sucesión de cuartos que miran a un patio central hasta formar una ele, con un par de esterillas de cohetillos que sobrevivieron a la Navidad y al martes de ch’alla.
Allí, 13 niños y 11 adultos comparten el hogar y mientras Jaime, el patriarca de esta pequeña multitud guarda su camioneta, niñas con vestidos de princesas de Disney se pelean por sentarse en su falda. “Sabemos que hay que quedarse en la casa. A los niños les lavamos las manos, no los dejamos salir”, dice el abuelo Jaime, sin quejarse por dejar de trabajar unos cuantos días.
En Santa Cruz de la Sierra, la gente se fue escurriendo de la ciudad hasta sus casas aún antes de que cayera el aguacero. Entre las calles sin asfalto de los barrios alejados, la cuarentena tenía pinta de niños jugando en las calles, de jóvenes carpiendo veredas y de madres que buscaban un pollo mairaneño en la pulpería de la esquina.
“La verdad es que los vecinos están alarmados, casi no vienen a comprar y prefieren encerrarse en sus casas. Unas cuantas vienen por verdura, papas, pan. Ya no hay mucho, ni en el mercadito Santa Cruz ya se encuentra”, dice María, una tendera de Los Lotes.
Dos cuadras más allá, Mariano Justiniano tiene bien organizado a su equipo de nietos, que disfrutan del patio alargado para seguir soñando con el fútbol. Cuando se les pregunta cómo librarse del coronavirus, recitan lo de lavarse las manos con alcohol en gel. Para ellos también rige el ‘toque de queda’. “Ayer solo los dejé en la canchita hasta las cinco”, cuenta Mariano.
Maritza Méndez, vestida con una blusa mostaza con adornos geométricos, salió de su casa solo para comprar lo que le falta para el almuerzo. Más que por el coronavirus está molesta por la descoordinación de las autoridades. “Es más un problema político que una enfermedad. La presidenta dice una cosa, la ‘alcaldesa’ dice otra y al final no sabemos qué es lo que vamos a hacer”, critica.
Con hijos grandes, a ella ya no le llegará el bono de Bs 500 anunciado el miércoles por la presidenta Jeanine Áñez, pero reconoce que a sus vecinas le viene bien. Eso sí, en tiempo electoral, todo se vuelve sospechoso. “Ella está haciendo lo mismo que hizo Evo para adquirir más votos y lo está haciendo en las elecciones”, reniega.
No tocar
Es temprano en la mañana y una bebé llora por la vacuna en el centro de Prosalud del barrio La Madre. Las enfermeras saludan en cascada a don Wálter, que acaba de llegar contento pero agobiado por el calor, mientras llaman a gritos a Yuli, una joven a cargo de las curaciones de emergencia para evitar que los pacientes se le acumulen. “Las vacunas pueden esperar”, le dicen. En este centro de barrio, la gente pasa y repasa en silencio, como anestesiada. Espera su turno para ser atendida dejando una o dos sillas de distancia con el otro paciente. Intenta tocar lo menos posible las paredes y camina por el centro del pasillo, como niño torpe que está aprendiendo a acomodar su cuerpo.
Afuera de la enfermería, una adolescente con un nebulizador se ha convertido en una rotonda sospechosa que todo el mundo esquiva. Cada potencial paciente que llega cubre su rostro con barbijo, habla casi a gritos a la recepcionista y entrega el dinero con la punta de los dedos como con miedo a electrocutarse. Sin embargo, cuando recibe su ficha se apoya descuidado en el mostrador de granito de la recepción, por el que han pasado cientos de potenciales enfermos, como él.
En Santa Cruz de la Sierra, en tiempos en el que todo el mundo evita cualquier contacto, cuesta no tocarse. Toda la precaución que recitan los vecinos cuando están en sus casas, desaparece por completo en los centros de compra, peor con la locura que invadió a los compradores ayer en el mercado Primavera, que anunciaba el cierre definitivo hasta el lunes, acatando la cuarentena de la Alcaldía.
Era como una mañana de fines de diciembre, pero más húmeda. Mientras el cielo se preparaba para derramarse en la ciudad, los pasillos estaban llenos de gente rozándose al pasar, intercambiando sudores y gérmenes en un momento en el que el mundo necesita estar estéril. Había pocos con barbijos, la mayoría, dirigentes del mismo mercado que recorrían los pasillos concienciando sobre la necesidad de hacer la cuarentena.
“Así lo ordenaron nuestros dirigentes”, cuenta Ruth Ríos, que dice que es cierto que vive del día, que con esto dejará de vender 4.000 kilos de carne de vaca hasta el lunes, que tiene que pagar los créditos al banco y los sueldos de sus dos trabajadoras, pero que ahora es más importante la salud. A Ruth solo le quedan unos cuantos huesos para terminar su venta y pocos puestos más allá un cartel anuncia que no hay pollo hasta el lunes.
En el pasillo paralelo, María Ilda tampoco se queja. Tiene uno de los puestos más olorosos del mercado: está rodeada de inciensos, ramas de manzanilla, romero y eucaliptos que la gente le compra como remedios caseros. Dice que por el dengue y la gripe que estuvo circulando en la ciudad, en las últimas semanas se vendió bien la vira vira, el jengibre y el eucalipto, que barren con la tos. Cuando se le pregunta qué de lo que tiene en su puesto puede servir para tratar a un paciente con el pecho cerrado, al que le cuesta respirar -uno de los síntomas del coronavirus-, María Ilda no garantiza que el aceite de raya o de bacalao sean efectivos contra el mal nacido en China.
Afuera del mercado, en los puestos más cercanos a la calle, un hombre machuca con rabia una libra de coca, mientras su compañera rellena otra bolsa con las hojas yungueñas. El bolo y el licor para remojarlo también tienen alta demanda en tiempo de pandemia.
El centro
Gerber Ferreira juega con las negras, pero su apertura de alfil de dama le ha dado un rápido control del centro del tablero de ajedrez. El reloj de la Catedral acaba de marcar las 12 y la plaza 24 de Septiembre es una postal distópica: una mujer sin hogar duerme en la rampa del templo, las plumas de miles de palomas revolotean por el aire mientras ellas se apoderan del centro, buscando quién les tire semillas. Casi no hay nadie, solo dos tableros ocupados con jubilados que se niegan a renunciar a su partida diaria de ajedrez en plena pandemia. Gerber gobierna en uno de ellos y limpia adversarios como si se tratara de trámites.
“Vengo casi todos los días a jugar una partida con amigos como él”, dice. Tiene una dicción de catedrático de antaño, pelo canoso, y es delgado. Sabe que como adulto mayor es parte del grupo de riesgo de muerte del coronavirus. Está bien informado. Como en una exposición, cuenta que la enfermedad brotó en China, se volvió una epidemia mortal antes de volverse “una pandemia atroz”. No se fía del dato que asegura que solo mata al 2% de los infectados.
“Está muriendo más gente”, dice. Lleva un barbijo en la papada y, después de despachar a su adversario con su agresiva apertura, acomoda las piezas blancas para una nueva partida. “Estoy de acuerdo con lo que dictó la presidenta, pero con lo que hizo Angélica Sosa, entre gallos y medianoche, eso de entrar en cuarentena, ya es un poco difícil”, reniega. Para él, la sociedad necesita unirse para evitar problemas más grandes, pero advierte que “esta enfermedad fue una peste profetizada y los bolivianos deben volcarse a adorar a Dios”.
Gerber dejará las blancas perfectamente formadas y con ganas de revancha a su oponente. No jugará. Se disculpará y se irá a buscar el almuerzo. Vive solo y no quiere estar en la calle cuando caiga el aguacero, la tormenta que se dejaba oler sobre Santa Cruz de la Sierra.