POR: THE CONVERSATION
El covid-19 nos ha mostrado la cara más impactante de lo que supone una crisis sanitaria mundial: una infección aguda, de fácil transmisión respiratoria, que colapsa urgencias y genera un gran volumen de ingresos hospitalarios, de asistencia en las UCI y de muertes en poblaciones frágiles.
Con independencia de dónde se originó el fenómeno, las primeras olas registradas afectaron principalmente a Europa y otros países desarrollados, con lo que la repercusión económica y mediática fue espectacular. Todos hemos estado y estamos atentos al covid-19, eso es indiscutible. Sin embargo, hay otras pandemias en curso cuya percepción social y sanitaria es muy diferente, como la del virus del papiloma humano (VPH). Y eso pese a que globalmente estimamos el número de casos de cáncer generados por las infecciones del VPH en unos 600.000 por año y el número de fallecimientos en unos 300.000 por año.
Una de cada diez
Escojamos una muestra representativa de la población femenina entre 30 y 60 años en buen estado de salud en un país europeo desarrollado. Si tomamos las muestras cervicales rutinarias de los controles ginecológicos y utilizamos una tecnología actual para buscar la presencia de infecciones por VPH (semejante a la conocida PCR nasal para covid 19), encontraremos que entre un 8% y un 10 % de las mujeres en esta muestra tendrán una citología cervical normal, pero analíticamente serán portadoras de una infección por VPH, en general de un tipo viral de alto riesgo oncológico.
Esta prevalencia es máxima entre las mujeres jóvenes y decrece progresivamente con la edad. Las prevalencias en la población masculina son en general más elevadas y no decrecen significativamente con la edad.
Las personas que se infectan por VPH y eliminan la infección espontáneamente nunca sabrán que la han pasado. Sin embargo, en una pequeña proporción de los casos, las infecciones no se resuelven y pueden acabar originando una enfermedad grave, potencialmente mortal si no se trata bien y a tiempo.
Un virus que causa cáncer
Sin duda, el cáncer más importante causado por el VPH es el del cuello uterino (también llamado de cérvix). Pero al VPH se le atribuyen también fracciones importantes de los tumores de vulva (50%) y vagina (80%), de pene y escroto (40%), de canal anal (80%) y de amígdala y orofaringe (40%) en ambos sexos.
Se trata, pues, de un problema significativo de salud pública y de inequidad social. Porque, efectivamente, la mayoría de los casos y de las muertes asociadas se producen en países de bajo nivel de desarrollo de África, América Latina y Asia.
Una infección inadvertida
¿Cómo es posible que esta infección se haya expandido mundialmente en estas proporciones, pasando inadvertida salvo para las víctimas y para la sanidad asistencial? Existen varios motivos:
1. Porque no hay una fase de enfermedad aguda.
Excepto las verrugas genitales, que son la expresión clínica florida de una infección por VPH de bajo riesgo (VPH 6 y 11), las infecciones de riesgo oncológico (representadas por el VPH 16, 18, 45, 31, 33, 52 y 58 y otros menos frecuentes) se adquieren y se resuelven o quedan persistentes durante años, sin presentar ninguna manifestación clínica. En estas circunstancias no hay consulta médica, no hay seguimiento, no hay tratamiento y la transmisión entre parejas se multiplica de forma silenciosa.
Si el sistema de cribado es muy pobre o inexistente (como ocurre en gran parte de los países en desarrollo), las lesiones preneoplásicas progresarán a cánceres invasivos y el diagnóstico se realizará en fases más avanzadas, con tratamientos más agresivos y con menor probabilidad de supervivencia.
2. Porque hay alternativas de prevención en poblaciones con acceso a cribados.
Los países desarrollados incorporaron a sus rutinas asistenciales las revisiones preventivas del cáncer de cuello uterino basadas en visitas frecuentes y repetidas en las que se examinan células exfoliadas del cuello uterino y fondo vaginal. Esta estrategia, iniciada a partir de los años 50 del siglo pasado con la citología, consiguió reducir la incidencia y la mortalidad por cáncer de cuello en los países en los que se organizaron programas sistemáticos.
Durante años, la consideración sanitaria en los países ricos era que este era un tumor “resuelto” para el que ya disponíamos de métodos de diagnóstico precoz y que los casos que escapaban a esta detección eran pocos y asumibles.
La otra cara de la moneda es que la mayor parte de los países tiene únicamente programas parciales, basados en poblaciones urbanas y ofertados a los niveles socioeconómicos altos, con un impacto preventivo limitado o anecdótico en continentes enteros: África, América Latina y en Asia.
3. Porque la patología más violenta afecta primordialmente a mujeres pobres de países pobres.
La OMS reclama una y otra vez que la equidad de acceso a la vacunación sea una prioridad en las agendas internacionales, que mantienen las discusiones sobre terceras dosis y dosis de recuerdo en Europa mientras que los países más pobres no han tenido todavía acceso a la primera dosis en porcentajes importantes de su población más frágil.
Las complejas interacciones entre política, economía y sanidad tienen aquí su expresión más cruda.