Por The Conversation.com
El impacto de la contaminación ambiental en la salud humana es un problema que ha adquirido una gran relevancia, representando un grave peligro para la salud pública. Tanto es así que causa más muertes relacionadas con patologías cardiovasculares que el colesterol alto o la falta de actividad física.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor del 31% de las muertes cardiovasculares podrían evitarse si se redujera el impacto de la contaminación ambiental.
Junto con el CO₂, existe un aumento de otros contaminantes ambientales de gran relevancia clínica. Es el caso del material particulado (PM, por las siglas del inglés particulate matter). Estas partículas en suspensión son una mezcla heterogénea de partículas sólidas de pequeño tamaño, tales como el hollín o el humo, provenientes generalmente de las industrias o de la combustión de los vehículos, que viajan junto a polvo y polen.
Estas partículas se clasifican según su tamaño. Las más conocidas son las PM10 (con un diámetro de tamaño
Una vez en nuestros tejidos, provoca un aumento de actividad del sistema nervioso simpático, lo que conlleva la elevación de la presión arterial, así como de las frecuencias cardíaca y respiratoria. Como consecuencia se liberan sustancias inflamatorias, generando un estado de estrés oxidativo que provoca las condiciones necesarias para que aumente el riesgo de sufrir un infarto.
Actualmente, sabemos que la elevada presencia en la atmósfera de estos contaminantes puede afectar negativamente a la salud humana de manera irreversible. Concretamente, se considera al PM responsable de aproximadamente 4 millones de muertes cada año a nivel mundial. Por este motivo, la ONU ha advertido que nos encontramos ante “el riesgo sanitario medioambiental más importante de nuestros tiempos”.
En Europa no nos quedamos atrás. Ya en 2018, la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) observó que la población europea que estaba expuesta a unas concentraciones de material particulado por encima de los valores recomendados era de un 74%. Sin embargo, la sensibilidad a la exposición de contaminantes varía en función de la edad o el estado de salud previo de las personas, existiendo un mayor riesgo en personas de edad temprana, así como en ancianos, y en aquellos individuos que presentan ciertas patologías como las cardiorrespiratorias.
POLUCIÓN Y MORTALIDAD La contaminación es reconocida como un importante factor de riesgo cardiovascular, por detrás únicamente del tabaquismo, la hipertensión y los malos hábitos de vida como una alimentación poco saludable y el sedentarismo. Según ha estimado la OMS, en los países desarrollados los datos en este sentido son alarmantes, ya que 1 de cada 10 fallecimientos diarios cardiovasculares están relacionados con la exposición a la contaminación ambiental. De hecho, las guías actuales sobre la prevención de la enfermedad cardiovascular ya hacen recomendaciones específicas para evitar una alta exposición a la contaminación ambiental. En una revisión publicada recientemente, se evidencia cómo la exposición al PM aumenta hasta un 18% el riesgo de desarrollo de fibrilación auricular. Se trata de la arritmia cardiaca más común en la población general, que provoca contracciones irregulares y anormalmente rápidas de las células de la aurícula (cardiomiocitos), aumentando el riesgo de sufrir un infarto cerebral y duplicando el riesgo de muerte. Medidas para reducir el impacto de la polución El pronóstico de diferentes enfermedades cardiovasculares hace necesario tomar ciertas medidas medioambientales para reducir el impacto de la contaminación en nuestra salud. Entre ellas reducir tráfico en el centro de las ciudades, permitiendo una mejora de la calidad del aire. Los efectos que esto tendría los vimos durante la pandemia de covid-19, periodo en el que se restringió nuestra movilidad.