Molenbeek se convirtió para el resto del mundo en sinónimo de semillero de yihadistas. Como Salah Abdeslam, único sobreviviente entre los atacantes de los atentados de París, varios combatientes islamistas que se unieron al grupo Estado Islámico se criaron en esta comuna de Bruselas. Seis años después de los sangrientos atentados, RFI volvió a estas calles para conversar con su juventud, que busca un futuro en un lugar marcado por el estigma.
Por la enviada especial de RFI a Molenbeek Existen muchos Molenbeek en un solo Molenbeek. Es uno de los barrios con más población de Bruselas, con poco más de 5 kilómetros cuadrados residen 97.000 personas. Es el que tiene un nombre más bucólico (significa riachuelo de molino, uniendo dos palabras en neerlandés (molen, de molino; beek, riachuelo); y es el barrio donde nació el cine en el país. En 1912, se fundó el primer estudio consagrado al séptimo arte. Es el mismo que sufrió duramente la desindustrialización de la capital belga a partir de los años 60 del siglo pasado. Una gran parte del mundo descubrió este barrio, cerca del centro de Bruselas, hace seis años. De este lugar, provenían una gran parte de los terroristas que perpetraron los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, y cuyo juicio ha empezado recientemente en la capital francesa. Es donde se criaron los hermanos Abdeslam. Ibrahim —que se inmoló en el Boulevard Voltaire de París; y Salah Abdeslam, el único superviviente de esos ataques y que ahora está siendo juzgado. A menudo se la tachó de ser “un nido de terroristas” o un “barrio fallido”. Un barrio que llegó a tener a cerca de la mitad de la población joven sin trabajo cuando se produjeron los atentados, pero que aunque es mucho mayor que la media de la ciudad, ha reducido el desempleo entre los jóvenes más de 10 puntos en los últimos seis años. Recientemente, el barrio ha empezado a revitalizarse con iniciativas nuevas para ayudar a los jóvenes y romper el estigma, ni todo es blanco ni todo es negro. Porque no hay un solo Molenbeek, al igual que no hay ni una sola Bruselas, ni una sola París. En todo el mundo se hizo conocido el Molenbeek “histórico”, la parte más antigua, más colindante a la plaza del barrio, en que sí, ha habido problemas de drogas, reconocen desde el Ayuntamiento y otros problemas de convivencia. Pero también existe otro más apartado de la zona del canal, en que se asientan familias de clase media. La misma que suele asistir a los partidos de fútbol del Racing White Daring de Molenbeek (RWDM) cualquier viernes o domingo por la tarde. Y aunque el estigma puede persistir, existen varios proyectos que han revitalizado el barrio, que ayudan a una población que ni es solo lo que dicen los medios, ni tampoco es un lugar bucólico de abundancia económica. Es un barrio popular en donde hay jóvenes que quieren también encontrar su lugar en el mundo. La organización Art2Work se encarga justamente de eso. De ayudar a jóvenes de entre 18 y 30 años que ni estudian, ni trabajan, ni están en formación. Chicos y chicas que a menudo han perdido la esperanza. Algunos creen que están estigmatizados por su origen. Esta organización fue fundada por Wim Wembrechts, un emprendedor que adora la comunicación y preocuparse por los jóvenes. En un momento crucial de su vida, con 39 años, decidió hacer un cambio profesional y ayudar a los jóvenes de la zona a que también encuentren un lugar donde encajar. A orillas del canal, delante de unos pequeños molinos de colores (como una referencia al nombre del barrio) se encuentra la sede de esta organización, antiguamente una fábrica de cerveza. Y de la que el presidente francés, Emmanuel Macron, se interesó en su visita al barrio en 2018, tres años más tarde de los atentados de París. Wembrechts se dio cuenta hace ya más de diez años, tras una buena parte de su vida muy vinculado al barrio de Molenbeek, de que no había apenas ofertas ni iniciativas que ayudaran a los jóvenes de entre 18 y 30 años. “Había —y hay— una enorme necesidad de crear puentes, de ir más allá, de trabajar, en profundizar. Muchos jóvenes que ahora están aquí, han dejado el colegio a los 14 o 15 años, muchos arrastran vidas difíciles, con cuestiones ligadas a la exclusión social, como el racismo, con una falta de confianza en sí mismos”, relata Wembrechts. Art2work se ha convertido en un lugar muy importante en que los jóvenes puedan empezar, o recomenzar. “Ser actores de su vida”, explica Catherine Peña Zamora, una belga de origen español, que ayuda a que los jóvenes puedan encontrar un trabajo que se adecúe a sus perfiles. En la organización hay varios talleres —todos gratuitos—, como Coach2Start, un curso de seis semanas en que los jóvenes pueden encontrar qué les motiva, cuáles son sus preocupaciones, y lo que les gusta. Durante cinco días a las semana, hacen deporte —para cuidar de uno mismo, mejorar el trabajo en equipo— cocinan y prueban cosas que les pueda motivar. “Se trata de ponerlos en acción, para encontrar un trabajo o porque quieran formarse, pero de volver a empezar”, explica Catherine. “ El hecho es que vivimos en una sociedad en que si no se tiene un objetivo claro, es que no encajas. Ese el sentimiento que tienen, todos los jóvenes vienen diciendo que no se sienten incluidos en la sociedad”, explica Catherine. A veces, a la hora de buscar un trabajo, los jóvenes “están segurísimos” de que se les va a estigmatizar. “Muchos no quieren poner una foto en el currículum, porque algunos tienen miedo: uy, es que van a ver que soy marroquí”, lamenta Catherine. Wim admite que hay ciertas ideas preconcebidas con las que hay que acabar: “Cuando naces en Molenbeek 1080 [código postal] y te llamas Mohamed, tienes seguro menos posibilidades de encontrar un empleo en el mercado respecto a las posibilidades que tuve yo en mi época. Y esto alimenta creencias que hay que romper, acabar con el negativismo”. Para muchos “lo normal” o “establecido” es buscar un trabajo para toda la vida. Muchos creen que lo mejor es encontrarlo en la STIB, la compañía de transporte público bruselense. Conocidos como ‘stibistes’ en lenguaje coloquial, muchos creen que eso es lo mejor a lo que pueden aspirar, a pesar de que quizás eso no les dé la felicidad. Algunos como Saïd, un conductor de tranvía de Molenbeek, asegura que es el trabajo que también hizo su padre, es común que entre jóvenes del barrio busquen empleo en esta empresa pública. Pero muchos buscan ese trabajo, a pesar de “no quererlo”, recuerda Catherine. A menudo, los jóvenes “ya no tienen sueños”, alerta Catherine. “A veces les preguntamos: ¿cuál sería tu sueño más loco? Y responden: No lo sé, no tengo. No lo voy a soñar, porque no lo voy a poder lograr”, argumenta. “Tenemos que intentar estimular esos sueños, eso es lo que te puede hacer lograr un objetivo, todo empieza en la cabeza, al principio todo son puros sueños”, reflexiona. Pero hay historias de éxito, como la de Jamal, un chico de 28 años que llevaba siete sin trabajar, que necesitaba “una gran confianza en sí mismo”, y que lo consiguió. Ahora trabaja en un almacén de un gran supermercado, que es lo que quería hacer. Alexis, del barrio de Saint-Josse y Amin, de Molenbeek, son dos jóvenes que participan desde hace meses en el proyecto Art2Techniques un programa en el que pueden trabajar en empleos técnicos, como la creación de escenarios de teatro y conciertos; o bien en la instalación de la primera piscina al aire libre en Bruselas, el pasado verano. “Cada vez me doy más cuenta de que muchos jóvenes no saben qué hacer, que tienen problemas para lanzarse al mercado laboral (…) esta era un poco mi situación, porque somos más de lo que dice la gente, pero a la vez pensaba: ¿Y qué hago con mi vida?”, explica Alexis. Sobre todo, coinciden los dos jóvenes que este programa les ha permitido salir del círculo vicioso de no encontrar empleo porque buscan trabajadores con experiencia, pero si no los contratan nunca tendrán la experiencia necesaria. Los dos han encontrado lo que siempre habían querido: ser actores de su vida. Sin estigmas. Son jóvenes, y les han dado la oportunidad que buscaban. “Este tipo de iniciativas es exactamente lo que necesitamos”.