El 9 de agosto de 2020, el fraude electoral en Bielorrusia llevó a la reelección del presidente Alexander Lukashenko. El levantamiento popular que desencadenó fue duramente reprimido y hoy la oposición intenta actuar en el exilio.
En Vilna, Lituania, a 200 kilómetros de Minsk, los bielorrusos siguen pendientes más que nunca de lo que ocurre en su país. “Viva Bielorrusia”, ese grito de guerra de hace un año resuena aun en cada manifestación organizada en apoyo a los opositores.
La comunidad bielorrusa de Lituania se reúne con frecuencia frente a la embajada con banderas rojas y blancas, los colores de la oposición. Casi todos los diplomáticos bielorrusos en Vilna han sido despedidos.
Las cosas han cambiado, dice Uladszislau, profesor universitario en el exilio. "Empiezo el día con las noticias. Nos hemos vuelto adictos a ella, cuenta.
7.000 bielorrusos encontraron refugio en 2020 en Lituania. Las visitas al extranjero de la opositora Svetlana Tikhanovskaya, quien ahora vive en Vilna, son muy concurridas. Hace unos días, estuvo en la Casa Blanca para una reunión a solas con Joe Biden, pero también con senadores de ambos partidos estadounidenses.
No estamos seguros en nuestro país Apoyar a los que se han quedado es muy importante. Alexander llegó hace unos meses. Nada ha cambiado, básicamente. En cualquier caso, ya no es posible organizar protestas en masa, te arriesgas a pasar largos años en la cárcel, comenta. El 9 de agosto de 2020, Alexander Lukashenko ganó las elecciones presidenciales de Bielorrusia de manera irregular y desató una tormenta. ¿Qué queda de este movimiento de protesta? Un año y varios miles de detenciones después, los manifestantes han desaparecido por completo del espacio público. ► Lea también: Polonia otorga una visa humanitaria a una atleta olímpica bielorrusa que criticó a su federación Se han cerrado decenas de medios de comunicación y ONG independientes. Actualmente hay más de 600 presos políticos en el país. Lukashenko, en el poder desde 1994, no ha dudado en aterrorizar a la población para mantenerse. En Minsk, ya no hay rastro de la bandera roja y blanca. “No estamos a salvo en nuestro país, confiesa Anna, quien se quedó en el país. ¡No es porque ya no podamos manifestar que estamos de acuerdo con el régimen!”. La ola de emigración la componen sobre todo jóvenes muy comprometidos con la oposición. Pero muchos han decidido quedarse a pesar del peligro. Max tiene 23 años. Sigue en Bielorrusia para ayudar a los presos. Sabe que así pone en riesgo su carrera y su familia. La lucha desde Polonia Alexei, 30 años, revindica el derecho a vivir en su país". Pero todas las personas entrevistadas en Minsk admiten que ya han pensado exiliarse. Todo el mundo trata de aguantar lo más posible, manteniendo un perfil bajo. Ahora le corresponde a la diáspora liderar la lucha contra el régimen. El domingo 8 de agosto se celebró una manifestación en Varsovia, Polonia. Ese ese país se refugió Olga Kovalkova, miembro de la oposición y ganadora del Premio Sájarov del Parlamento Europeo por los derechos humanos. En una entrevista telefónica explicó a RFI el panorama político actual. “Sigo recibiendo amenazas con frecuencia, incluso en el extranjero. Hace un mes, mi madre fue convocada por las autoridades. Así que el gobierno sigue presionando para que dejemos de hablar”, detalla. Otra manifestante cuenta bajo el anonimato que encontró refugio en la República Checa. Fue detenida hace un año. Gravemente herida y torturada por la Policía, pasó varios meses en el hospital antes de huir de su país. “Cuando estaba en el hospital, la comisión de investigación vino a verme para amenazarme. Una asociación me ofreció tratamiento en el extranjero, así que me fui enseguida”, explica. Ella y otros 50 opositores heridos recibieron ayuda de esa asociación. “Había gente con la columna vertebral rota, gente con heridas de bala y gente herida por granadas cegadoras", recuerda. En su caso la fuerza pública bielorrusa abandonó el proceso judicial contra ella. La mayoría de sus amigos han abandonado el país. Los que se quedaron fueron casi todos detenidos. Tuvieron que pagar multas o tienen juicios en curso. “Echo de menos mi vida, mi casa. Cosas sencillas como mi café local favorito, o pasear por las calles de la capital. Pero es imposible, estaría firmando mi sentencia de muerte”.