Por: Tania Monje/Psicóloga Clínica
Uno de los ámbitos más hermosos y, a la vez, más complejos de nuestra existencia como seres humanos, es el vincular. Necesitamos vivir con otros, estar acompañados, compartir la vida. El intercambio de afectos en nuestras relaciones determina en gran manera nuestros niveles de bienestar o de malestar, según sea el caso. Se dice, no con poca razón, que tener ‘buenas relaciones’ es uno de los pilares del estar bien. Las buenas relaciones alimentan la alegría y el deseo de vivir. Somos seres de comunidad.
“Una pareja de novios son dos personas que miran en la misma dirección” En este entramado relacional, la pareja es un vínculo especial. Es una relación establecida voluntariamente entre dos personas que eligen implicarse emocional y sexualmente en un marco de convivencia, en un proyecto común, en una mirada conjunta hacia el futuro. A decir de J. Garriga: “Una pareja son dos personas que miran en la misma dirección, con proyectos comunes, hijos, viajes, negocios, intereses, perspectivas, etcétera, y, por ende, en muchos sentidos, un pilar que nos sostiene en momentos difíciles, que nos arropa, nos inspira y nos da seguridad. Un pilar, además, en el que somos sostenedores, inspiramos, segurizamos”. “En una relación si suma más que resta, siempre vale la pena quedarse” Como individuos, tenemos nuestras complejidades y con ellas llegamos al vínculo de pareja: modelos aprendidos de nuestros padres, historias familiares y expectativas afectivas. Y una serie de rasgos de carácter, que interactuarán con los del otro, para formar un tejido único. La vida misma, por su cuenta, irá añadiendo a nuestra experiencia, retos de mayor y menor desafío, que irán incluyendo diseños particulares en nuestro tejido. Pese a las turbulencias de la intimidad, como dice un buen amigo, “si suma más que resta, siempre vale la pena quedarse” y esta suma, no se refiere a la cantidad de años de convivencia, sino al bienestar y fuerza vital que ésta nos regala. En toda relación, en especial la de pareja, es bueno estar consciente de que hay ingredientes que ayudan a que sume, entre ellos, primero, el amor, por supuesto, que no sólo es la necesidad de estar con el otro, sino el deseo profundo y honesto, de que el otro esté bien. Luego, el deseo y compromiso de seguir juntos y de seguir disfrutando y resolviendo la vida, unidos. Una pareja se forma con dos Sí y se rompe con un No. En tercer lugar, la habilidad de comunicarse de manera honesta y amorosa, con la flexibilidad de cambiar aquello que sea necesario cambiar, para estar mejor. Para terminar, una pareja, dice Garriga: “impone tareas como escuchar, comprender, callar, dar, recibir, aceptar, contener, transitar, amar, arriesgar, curar heridas e ir más allá de nuestros estrictos deseos personales.