En las canchas de su provincia lo conocían por su firmeza en la defensa. A sus 12 años, Rubén Marcelo ya empezaba a ganar algunos “pesitos” jugando al fútbol y era convocado para reforzar equipos en torneos locales. Su padre guarda con orgullo las fotos de los trofeos que el niño había acumulado, aunque ahora no puede mostrarlas porque está en su pueblo realizando los trámites funerarios tras la tragedia que cambió para siempre la vida de su familia. Varios de sus allegados perdieron la vida ese fatídico 27 de febrero.
“El Rubén ya se ganaba sus pesitos, es bien deportista y conocido aquí en provincia, lo llevaban de un lado a otro como contratado, era defensor. Voy a sacar fotos de sus trofeos cuando regrese a La Paz le mostraré; ahora no puedo, porque sigo en mi pueblo con trámites. El lunes le he enterrado a su mamá y a mi hijito menor, el Misael”, relató EL DEBER Marcial Pérez, el afligido padre del niño.
El 27 de febrero, Rubén Marcelo, de 12 años, y su hermano Misael, de 10, viajaban junto a su madre, Guillermina Murga Quispe, en uno de los minibuses que quedaron aplastados cuando el avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Boliviana se accidentó en El Alto. En el vehículo iban diez personas; siete integrantes de la misma familia murieron en el lugar.
Solo dos pasajeras que estaban sentadas en los últimos asientos sobrevivieron de milagro. El avión con matrícula FAB-81, que prestaba servicio para la empresa militar Transportes Aéreos Bolivianos (TAB), destruyó cerca del 80% del minibús.
Hoy, Rubén Marcelo se debate entre la vida y la muerte en la unidad de terapia intensiva del Hospital del Norte.
Su padre llegó a La Paz el domingo —dos dias después del siniestro— después de varias horas de viaje desde su comunidad, sin saber si alguno de sus hijos había sobrevivido. Entre lágrimas recuerda la angustia de esas primeras horas y la falta de información oficial.
“Le pido al Gobierno que se toque el pecho. Mi hijo dice que ha sobrevivido, pero ha perdido sus piernas, la cadera está torcida y sus manos también están mal, pero aún late el corazón de mi wawa”, dijo Marcial, con la voz quebrada.
El Hospital del Norte de El Alto. Foto: APG
El sueño de dos hermanos
A comienzos de este año, la familia había tomado una decisión que parecía abrir nuevas oportunidades para los niños. Rubén Marcelo y Misael salieron del municipio paceño de Tatacoma rumbo a la ciudad de La Paz para continuar sus estudios.
Marcial se quedó trabajando la tierra en su comunidad, mientras que su esposa, Guillermina, se encargaba del cuidado de los niños en la ciudad. Misael cursaba cuarto de primeria y Rubén sexto, cuenta su padre. Los dos compartían la misma pasión: el fútbol.
“A su edad los dos ya eran buenos jugadores. Le pregunté qué quieres ser y el Rubén me dijo que quería llegar a la selección, de ahí ir al exterior; ese era su sueño. Ahora no sé cómo va a quedar mi wawa”, lamentó.
La primera dama visitó a los heridos en el Hospital de El Norte
Visitas presidenciales
Tras la tragedia, el presidente Rodrigo Paz visitó a algunos de los heridos internados en el Hospital del Norte. Horas después también ingresó su esposa, la primera dama María Elena Urquidi. En el caso de Rubén Marcelo, Urquidi señaló que más adelante se podría gestionar un traslado al exterior para su tratamiento médico.
El accidente ocurrió cerca de las 18:15 del viernes 27 de febrero. El minibús en el que viajaban los integrantes de las familias Pérez, Murga y Lazo avanzaba lentamente por la avenida Costanera, cerca del edificio Jacha Uta, la sede de la Alcaldía de El Alto.
Una intensa granizada cubría la vía y el conductor redujo la velocidad para evitar un accidente, además de que una de las pasajeras se encontraba enferma. En ese momento el vehículo transitaba por un sector que antiguamente formaba parte del terreno del Aeropuerto Internacional de El Alto, en la parte posterior de la pista. Otros 15 motorizados circulaban por el mismo lugar.
De pronto, parte de la aeronave impactó contra el minibús. En cuestión de segundos, los planes y sueños de la familia de Marcial Pérez quedaron truncados. Los nombres de sus familiares figuran hoy en la lista de 24 personas fallecidas en el accidente aéreo.
Según la versión del piloto Erick Rojas, difundida por su abogado Ricardo Maldonado, el avión no pudo frenar porque la pista estaba congelada, una condición que —según esa defensa— no habría sido informada por la torre de control.
Otros familiares de las víctimas relataron que los diez integrantes de la familia regresaban de su iglesia, donde habían participado en una jornada de oración por la salud de una tía. Entre ellos estaban tres niños: Luz Noemí, de 7 años; Misael; y Rubén.
Volvían a casa reconfortados por las oraciones y los cantos cuando ocurrió el desastre.
Así quedó el C-130 tras el accidente del 27 de febrero
Cinco investigaciones
El siniestro ha abierto cinco investigaciones paralelas. La primera está a cargo de una Junta Militar; la segunda será realizada por la empresa fabricante del Hércules C-130; la tercera corresponde a la aseguradora de la aeronave; la cuarta involucra a la empresa encargada del traslado del dinero destinado al Banco Central de Bolivia; y la quinta es la investigación penal de la Fiscalía, que indaga las responsabilidades por las muertes registradas en el accidente y tiene como principal sindicado al piloto.
Mientras avanzan esas pesquisas, en una sala de terapia intensiva de El Alto un niño que soñaba con llegar a la selección boliviana sigue luchando por sobrevivir. Su padre, desde su pueblo, espera que el corazón de su hijo —como él mismo dice— siga latiendo con la misma fuerza con la que corría detrás de una pelota.