Ingresar a los socavones del Cerro Rico de Potosí en busca de plata y otros minerales es como jugar a la ruleta rusa. Los mineros, provistos apenas de coca, coraje y fe, saben que cada jornada bajo tierra puede ser la última. En lo que va de 2025, casi un centenar de trabajadores perdió la vida dentro del “coloso de plata”, la mayoría jóvenes que ni siquiera alcanzaron los 25 años. Sus historias terminan abruptamente en galerías oscuras, donde la precariedad se impone sobre las mínimas normas de seguridad.
La montaña, que alguna vez sostuvo el esplendor del mundo hispanoamericano, es hoy un cascarón agujereado. El ministro de Minería y Metalurgia, Alejandro Santos Laura, exdirigente cooperativista, aseguró recientemente que no se produjo ningún hundimiento en la cúspide.
Pero los testimonios y evidencias lo contradicen: inspecciones técnicas, fotografías, videos y un estudio de la Universidad Autónoma Tomás Frías (UATF) muestran cráteres que crecen y grietas que avanzan sin pausa alguna en esa emblemática cima.
Tres voces lideran la alerta: la Comisión Técnica de Preservación del Cerro Rico de la UATF, la concejal Reina Menacho, que desde 2021 sigue de cerca el deterioro, y la asambleísta departamental Azucena Fuertes. Todas coinciden en que la cúspide del cerro puede desplomarse en cualquier momento, desencadenando lo que podría ser una tragedia sin precedentes.
A esta amenaza se suma el incumplimiento de la Sentencia Constitucional 1062/2022, que prohíbe operaciones mineras por encima de la cota 4.400 (4.400 metros sobre el nivel del mar). No obstante, persisten faenas con dinamita y maquinaria pesada en las alturas prohibidas.
EL DEBER recogió testimonios que revelan cómo, a pesar de la orden judicial, la explotación continúa, incluso con retroexcavadoras que muerden la roca a cielo abierto en busca de los recursos que también existen en la superficie de la montaña.
Se tratan de llamados pallacos, los óxidos o restos de minerales —especialmente plata— que quedaron expuestos tras ser extraídos desde las entrañas del cerro.
Mientras tanto, la Federación Departamental de Cooperativas Mineras de Potosí (Fedecomin) se declaró en emergencia. Denuncian avasallamientos en sus áreas y afirman que el Gobierno quiere desalojarlos sin dar alternativas de subsistencia.
Por eso exigen concesiones de “áreas ociosas”. No piensan abandonar la montaña: la consideran parte de su destino y su única fuente de sustento para sus vidas, a pesar de la precariedad y las inexistentes condiciones de seguridad.
La vida por la plata
“Hasta la fecha, oficialmente, son unos 90 mineros fallecidos en interior mina, entre hombres, mujeres y menores de edad”, confirmó a EL DEBER la asambleísta Fuertes. Según la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), las muertes se producen por la falta de cumplimiento de medidas básicas de seguridad.
Algunos casos recientemente registrados: El 2 de julio, un joven de 24 años de la Cooperativa Ollerías cayó 25 metros y murió al instante. El 21 de agosto, otro trabajador de 32 años de la Cooperativa Unificada quedó sepultado por un derrumbe. Un día después, un minero de 24 años que trabajaba como ‘carrero’ fue aplastado por un carro de carga que no pudo controlar ante la fuerza de la gravedad.
Entre el 7 y el 8 de septiembre, dos mineros de la cooperativa Kalamarca se sumaron a la lista: un joven de 23 años fue alcanzado por una compresora y un hombre de 59 años atrapado por el colapso de un socavón que estaba debilitado por la explotación sin tregua.
Estos son apenas algunos ejemplos de los casos reportados. Fuertes advierte que existe “información subterránea”: muertes que no se comunican a la Policía y que se registran directamente en los cementerios, bajo la etiqueta de “accidente en interior mina”.
La cifra real de decesos podría superar largamente el centenar, precisamente, por la cantidad de emergencias que se registran en los hospitales.
“Ni el jefe de mina ni la familia hacen el reporte y directamente proceden al entierro y esto se puede verificar en el cementerio donde están los nombres de los fallecidos, ponen de profesión agricultor y causa de muerte: ‘accidente en interior mina’”, remarcó la asambleísta, quien además relató que los accidentes en la montaña de plata se dan prácticamente todas las semanas.
Riesgo inminente
El deterioro del Cerro Rico no es nuevo. En 2021 ya se habían contabilizado 98 hundimientos que se produjeron desde hace al menos una década. Cinco años después, estos se multiplicaron y se convirtieron en cráteres abiertos.
La concejal Menacho advierte que el cerro ya perdió la icónica “cresta de gallo”. Desde el aire, drones muestran un paisaje lunar: boquetes que engullen antenas de televisión y que se tragan rocas, cascajo y tierra con cada temblor.
La situación motivó acciones legales. En agosto de 2022, una Acción Popular derivó en una resolución del Tribunal Constitucional que instruyó al Ministerio de Minería y a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) reubicar a las cooperativas y evitar la explotación por encima de la cota 4.400.
Sin embargo, las inspecciones demuestran que el fallo es letra muerta. “En julio y agosto constatamos trabajos con martillos, dinamita y hasta retroexcavadoras por encima de la cota 4.700”, denunció Menacho.
La minería en el Cerro Rico hoy está dominada por el sistema cooperativista, que agrupa a miles de familias potosinas. Se trata de un modelo que, más que una empresa organizada, funciona como refugio laboral ante la falta de fuentes de empleo formales.
Cada cooperativista paga su derecho de acceso al socavón, aporta con herramientas básicas y se expone a un trabajo de altísimo riesgo con ingresos que dependen de lo que logre arrancar de la roca cada jornada.
Patrimonio en riesgo
El Cerro Rico, donde hace más de cinco siglos se descubrieron vetas de plata de dimensiones colosales, no solo es un yacimiento: es un símbolo. En 1987 fue declarado, junto con la Villa Imperial de Potosi, Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco.
En 2000, también recibió el título de “Mensajero de la Paz” en un acto solemne a sus pies. “Si se desploma, no solo perderemos vidas y riqueza mineral; perderemos un símbolo de la identidad potosina y un referente universal”, advirtió la conceja Menacho.
El Súmaj Orko, el “cerro hermoso”, que alguna vez sostuvo el esplendor de un imperio y alimentó los tesoros de Europa, hoy se tambalea entre la codicia minera y el abandono institucional en el ámbito local como nacional. Cada estallido de dinamita no solo arranca fragmentos de roca: también desgaja pedazos de historia y arriesga la memoria patrimonial que, como la vida de los mineros, pende de un hilo.