Gracias a Acción Andina, más de 25 000 personas de 200 comunidades han restaurado cerca de 5000 hectáreas de bosques andinos y protegido más de 11 250 hectáreas de bosques existentes. La iniciativa busca expandirse a Colombia y Venezuela.
Por Antonio José Paz Cardona
La ONU fijó el periodo 2021-2030 como el Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas. Este 2024, la entidad reconoció a siete proyectos emblemáticos a nivel mundial que son ejemplo de éxito. Entre ellas se encuentra Acción Andina, una iniciativa que ha puesto en marcha 23 proyectos de restauración y conservación de bosques de Polylepis en Perú, Chile, Bolivia, Argentina y Ecuador.
Más de 25 000 personas de 200 comunidades han restaurado cerca de 5000 hectáreas de bosques andinos y protegido más de 11 250 hectáreas de bosques existentes. La iniciativa busca expandirse a Colombia y Venezuela.
Hace tres años, mientras un grupo de investigadores de la Fundación Aves y Conservación y del Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador (Inabio) recorría el complejo montañoso de Mojanda, a pocos kilómetros de la ciudad de Otavalo, en la provincia de Imbabura, se topó con un pequeño y curioso ratón.
El objetivo de esta expedición era conocer más la fauna y flora que habita en los bosques de Polylepis— un género de plantas altoandinas que incluye pequeños árboles y arbustos, comúnmente llamados queñuales, queñuas o queuñas— que están bastantes diezmados en varias regiones, pero que son vitales para garantizar la seguridad hídrica. Los científicos se fueron de esos bosques llevando consigo diferentes especímenes de grupos de animales, incluido al pequeño ratón.
“Estas iniciativas ilustran cómo podemos hacer las paces con la naturaleza, convertir a las comunidades locales en el centro de los esfuerzos de restauración y, al mismo tiempo, crear nuevos puestos de trabajo. Mientras seguimos enfrentándonos a una triple crisis planetaria por el cambio climático, la pérdida de naturaleza y biodiversidad, y la contaminación y desechos, ha llegado el momento de redoblar los esfuerzos y acelerar las iniciativas de restauración”, dijo Inger Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Corría el año de 1989 y Constantino Aucca se encontraba en una expedición científica entre las regiones de Apurímac y Ayacucho, en Perú, con el ornitólogo danés Jon Fjeldsa. El investigador europeo estaba a punto de terminar de escribir su libro Birds of the high Andes (Aves de los altos Andes) y Aucca, como experimentado indígena y conocedor de la zona, lo acompañaba en sus últimos viajes, desafiando las inclemencias del clima y a Sendero Luminoso, el grupo armado que dominaba la zona en ese entonces.
Una vez terminada la expedición, Fjelsda le preguntó a Aucca que quería a cambio del trabajo realizado. Aucca le respondió: “la maestría y el doctorado”. Pero el danés le dijo que su misión era cuidar, estudiar y proteger los bosques de Polylepis de los Andes.
La reacción inmediata de Aucca, cuyo apellido quechua significa “guerrero”, fue de sorpresa y desánimo. “Cómo me vas a dar esa misión, si yo vengo de una familia muy humilde”, fue su respuesta. Sin embargo, el científico le prometió apoyo y le aseguró que, más adelante, todo el conocimiento adquirido sería valorado por otras personas, que incluso pedirían su guía en el camino de la conservación.
Ya han pasado 35 años desde ese momento de confrontación y hoy Aucca es biólogo, líder en conservación basada en el trabajo con comunidades y desde el año 2000 es presidente y cofundador de la Asociación Ecosistemas Andinos (ECOAN).
Paisaje y Espacio de trabajo del proyecto ‘Conservando bosques Polylepis en la RP-Nor Yauyos’/Foto: ECOAN
“Veíamos mucho sufrimiento y mucho dolor en las comunidades locales y nativas de los Andes, así que con mis amigos Gregorio Ferro, Efraín Samochuallpa y Willy Palomino pensamos que si íbamos a entrar al mundo de conservación, teníamos que hacer algo en favor de las comunidades. Así nació ECOAN y lo que nos diferencia de otras organizaciones es que implementamos acciones de conservación en coordinación con los actores locales y en beneficio de las comunidades locales”, asegura Constantino Aucca.
‘Tino’, como suele ser conocido entre sus amigos y colegas, confiesa que el 2014 fue un punto de inflexión para la Asociación, pues él estaba decepcionado de los discursos y la poca acción de las COP en temas ambientales. “En grupo, decidimos mandar un mensaje al mundo de que sí se pueden tomar acciones y en un sólo día plantamos más de 57 000 árboles [de Polylepis o queuñas] en las alturas de Huilloc [en Cusco, Perú] y llamamos a ese evento Queuña Raymi, o sea, el Festival de las queuñas”, recuerda.
Ecuador es uno de los países a los que llegó Acción Andina y, desde 2019, Aves y Conservación es uno de sus aliados en el país. Allí han trabajado en la instalación de viveros, colección de propágulos (parte de una planta que es capaz de generar otro individuo), coordinación de campañas de reforestación, selección de paisajes para restaurar y vinculación con las comunidades asociadas a cada paisaje.
Trabajo en chagra, en los Andes de Ecuador. Foto: Eduardo Obando
Además de investigador de Aves y Conservación, Francisco Tobar es coordinador de Acción Andina en las provincias de Pichincha e Imbabura, y asegura que hasta el momento han producido y sembrado más de 800 000 plantines de Polylepis; han colaborado en la declaratoria de dos Áreas de Protección Hídrica en Ecuador, vinculadas a los sitios en los que trabajan, y han firmado convenios con organizaciones gubernamentales, ONG y empresas privadas.
Tobar afirma que una de las primeras acciones para seleccionar las áreas de trabajo es identificar que en la zona existan bosques de Polylepis y que existan comunidades que habiten allí y se beneficien directamente de los servicios ambientales que generan estos ecosistemas. Luego constatan si en ese bosque hay procesos de fragmentación donde sea vital iniciar la recuperación del ecosistema.
“Todas las comunidades se vinculan por un interés común en general. El agua es una de las cosas que más las convoca y esto es muy positivo porque sin las comunidades no podríamos desarrollar este proyecto a la magnitud en que lo estamos haciendo”, dice Tobar.
Chagras en la reforestación en Ecuador. foto: Eduardo Obando
El experto agrega que las comunidades participan en colectar los propágulos, es decir, cada una de las secciones de rama que se utilizan para producir las plantas. También trabajan durante nueve meses en la producción de plantas en los viveros y, por supuesto, en las jornadas de reforestación. “Sin ellos no podríamos trabajar. Además, las comunidades son las que conocen bien el territorio para la reforestación, las que saben dónde están las captaciones de agua y qué zonas son más importantes para proteger. Muchas veces, como en el caso de Mojanda, las comunidades son las dueñas del territorio, así que sin su aprobación y sin su consentimiento, nada de esto no sería posible”.