En 1825, después de 15 años de la revuelta independentista del 16 de julio de 1809, La Paz era la ciudad más poblada de Bolivia y mantenía su vigor económico. El comercio con el Pacífico, la conexión con los centros mineros, la producción agrícola, particularmente la coca, se recuperaron pronto y La Paz acaparó poder político.
En 1925, en el primer centenario de la independencia de la Corona española, la ciudad y el departamento estaban en su momento más esplendoroso que habría de durar hasta los años setenta del siglo XX.
Sede de Gobierno. La Paz era sede de Gobierno desde 1898, después de la cruenta guerra federal que enfrentó el norte andino con el sur. A pesar de la victoria de la divisa federal, su líder, el presidente Juan Manuel Pando, optó por postergar esa forma de organización territorial y administrativa, seguro que el país quedaría desmembrado por su debilidad interna. En vez de favorecer los planes de supremacía paceña -como le pedían los miembros de la Junta citadina- optó por poner sus energías en integrar a las zonas más alejadas de la nación y buscó curar las heridas regionales. Con otros liberales, intelectuales, científicos y empresarios, él mismo partió hacia los lejanos territorios amazónicos. Desde La Paz, salían diferentes expediciones para conocer más y mejor el país. Al contrario de lo que se suele afirmar, La Paz postergó asuntos centrales para su desarrollo. Por ejemplo, los caminos a los Yungas, que eran de prioridad, eran financiados por los aportes de los comerciantes cocaleros de la Sociedad de Productores de Yungas, sumando fracasos ante la difícil topografía. El debilitado Estado no tenía posibilidades de aportar más. De aldea rural a urbe industrial. Mientras la ciudad se convertía poco a poco en una pequeña metrópoli recibiendo con brazos abiertos tanto a bolivianos de otras latitudes como a los nuevos migrantes europeos y del Lejano Oriente. Así, La Paz se acostumbró a recibir al forastero y a juntar a su rostro mestizo, con fuerte herencia de los señoríos aimaras, con los recién llegados. Casi todos arribaban desde las alturas hasta la Plaza San Francisco, que era apenas una planicie con una delgada calle principal, la Recreo, que iba hacia el sur. San Francisco era justamente la unión de Chuquiago Marka con la población criolla. El estreno como sede de Gobierno coincidió con factores endógenos que habrían de acelerar su transformación. El descubrimiento de vetas estañíferas atraía la atención mundial; la crisis económica europea expulsó a migrantes, casi todos con algún grado de formación; las guerras religiosas, la decadencia y la posterior caída del Imperio Otomano también motivaba la migración de sus habitantes hacia América. Así fueron llegando desde fines del siglo XIX, alemanes, italianos, eslavos, palestinos, libaneses. Muchos habían probado inicialmente fortuna en países vecinos, pero conocían las leyendas de las riquezas súbitas en las minas y se animaban a subir a estas alturas. Otros tenían contratos con empresas comerciales ya establecidas, o venían en búsqueda de aventuras. Casi todos eran jóvenes y solteros, salvo los árabes que tenían compromisos con sus paisanas. Por ejemplo, el italiano Domingo Soligno habría de fundar una gran factoría textil, igual que los hermanos Forno. El peruano Simón Bedoya comenzó con un pequeño comercio antes de fundar su industria de alimentos, la cementera y otros emprendimientos. Los Said y los Yarur se unieron para crear una inmensa industria textil. Mientras Hugo Ernst consolidaba la mayor cervecería boliviana con su famosa chimenea. Estas fábricas se ubican en dos barrios estratégicos de La Paz, en Achachicala y en Pura Pura. Lo más notable es que estos industriales estaban influidos por las ideas de crear espacios amables alrededor de sus empresas, donde ellos vivían. La utopía de una “ciudad jardín” acompaña a varias biografías, que no podemos detallar en este breve espacio. Por ello, además de ser centros de trabajo, albergaban jardines, canchas deportivas, guarderías, comedores, escuelas, parques infantiles, bosquecillos, cuyos rastros aún mantienen una mancha verde en La Paz. Los industriales fundaron también los clubes sociales, algunos de las diferentes colonias como el Club Alemán o el Círculo Italiano, la Casa de España. Casi todos los clubes deportivos paceños fueron alentados por industriales migrantes, para jugar tenis, golf, montar a caballo. Al mismo tiempo, aparecían los barrios rodeados de plazuelas y arboledas, de los cuales Sopocachi es el mejor ejemplo. La idea de confort se unía con los primeros esfuerzos de ingenieros y arquitectos migrantes y bolivianos (muchos con estudios en el exterior) para dotar de servicios básicos y comodidades, además del acceso al agua y a la luz eléctrica. En pocos años, la aldea era una urbe amable y creída. La revolución de 1952 truncó ese desarrollo de La Paz. Se suele contabilizar los beneficios sociales del nacionalismo, sin embargo, falta mirar qué significó para el desarrollo industrial paceño; qué pasó con su incipiente agroindustria de tabaco y vino; en qué momento se estropeó la calidad de vida de sus habitantes. En la víspera del Bicentenario, la ciudad del Illimani tiene un rostro huachafo. La nueva administración municipal ha retrocedido lo avanzado, desde el cierre del zoológico a la lógica del discurso populista. Una ciudad diariamente bloqueada y asediada, tan lejos de La Paz de hace un siglo.
Nacen las industrias modernas. Los migrantes comprendieron que en Bolivia se importaba casi todos los alimentos, la vestimenta y los artículos suntuarios y comenzaron a invertir sus propios capitales en crear industrias.