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Una tradición que esconde nuestros problemas

Jueves, 02 de abril de 2026 a las 04:00

La Semana Santa llega como una pausa. Bajamos el ritmo, compartimos tiempo con la familia y repetimos tradiciones religiosas. En ese proceso hay algo que rara vez cuestionamos: si realmente estamos entendiendo lo que celebramos o simplemente lo estamos practicando. 

El problema no es la repetición. Las tradiciones cumplen una función importante, ordenan el tiempo, transmiten valores y generan comunidad. El problema es que pueden vaciarse de contenido si no las conectamos con la vida cotidiana. Y esa desconexión no es excepcional; es parte de nuestra forma habitual de vivir.

Si somos honestos internamente —y eso ya es pedir bastante— sabemos que hay una brecha entre lo que creemos y lo que hacemos. Nos incomodan ciertas conductas, pero convivimos con ellas. Exigimos estándares altos hacia afuera, pero aplicamos criterios más flexibles hacia adentro. No hablo en abstracto: yo también opero bajo esa lógica.

La Semana Santa pone esa incoherencia sobre la mesa. No lo hace desde una acusación externa sino desde una descripción bastante realista de la condición humana. Sabemos lo que está bien pero no siempre estamos dispuestos a asumir el costo de vivir en consecuencia. Esa tensión no es nueva pero sí suele ser ignorada.

Por eso la cruz resulta incómoda. Porque introduce una idea que preferimos evitar: que nuestras decisiones tienen consecuencias. Vivimos en un entorno donde es habitual trasladar costos, postergar responsabilidades o simplemente diluirlas en lo colectivo. La cruz plantea lo contrario: alguien asume un costo concreto.

Hay una historia real que ilustra esta lógica. John Griffith fue un operador ferroviario que debía operar un puente para permitir el paso de un tren lleno de pasajeros. En 1937 hacía lo de costumbre, pero descubrió que su hijo quedó atrapado en el mecanismo. Tenía segundos para decidir. Bajó la palanca. El tren siguió su curso, su hijo murió y nadie supo lo que ocurrió.

Es una historia dura pero útil para entender por qué Dios sacrificó a su hijo Jesús para salvarnos. La fe cristiana plantea que en la cruz ocurre algo similar: no es solo un símbolo ni un relato inspirador; es una acción donde alguien asume un costo que no le correspondía. Eso rompe con nuestra lógica habitual donde tratamos de evitar ese tipo de decisiones.

Sin embargo, la historia no termina ahí. Si solo existiera la cruz estaríamos frente a un desenlace trágico. La Pascua introduce un elemento adicional: la resurrección. Y con ella una afirmación que resulta difícil de aceptar en un entorno marcado por el escepticismo.

La resurrección plantea que el cambio es posible. No como una idea abstracta ni como un discurso motivacional sino como una transformación real. En un contexto donde muchas veces sentimos que todo se repite, esta afirmación incomoda porque elimina una excusa frecuente: que nada puede ser distinto.

Y si el cambio es posible, entonces aparece otro problema. La responsabilidad deja de ser colectiva y difusa y se vuelve individual. Es más fácil analizar lo que falla en el sistema que revisar nuestras propias decisiones. Es más cómodo diagnosticar que corregir.

No se trata de una superioridad moral. De hecho, el punto es exactamente el contrario. Todos participamos en aquello que criticamos en mayor o menor medida. Todos contribuimos con pequeñas decisiones a sostener dinámicas que luego cuestionamos.

Por eso la Pascua no es solo una invitación a reflexionar. Es una invitación a decidir. No implica cambios grandilocuentes ni transformaciones inmediatas, pero sí un primer paso concreto: dejar de justificar lo que sabemos que está mal y empezar a actuar con coherencia con la fe.

Al final la pregunta no es qué significa la Semana Santa. La pregunta es qué hacemos con ese significado en la práctica. Y esa respuesta no se puede delegar ni postergar.

Porque en el fondo no estamos frente a una tradición. Estamos frente a una decisión frente al mismo Creador. Y como suele ocurrir, la parte más difícil no es entenderla sino asumirla.

(*) El autor es economista

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