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El tipoy, objeto de un inaudito agravio

Lunes, 06 de abril de 2026 a las 04:00

La escena resultó tan incómoda como reveladora. Invitada a un programa de televisión con la expectativa de aportar alguna reflexión o, al menos, una provocación intelectualmente estimulante, un controversial personaje optó por un gesto que difícilmente puede interpretarse como otra cosa que una ofensa gratuita. Como la de vestir una prenda cargada de identidad cultural -el tipoy- que suelen utilizar especialmente en ocasiones festivas y tradicionales las mujeres del oriente boliviano (Santa Cruz, Beni y Pando) y destruirla frente a cámaras utilizando una tijera. Más allá de cualquier intención simbólica que pudiera alegarse, el resultado fue un espectáculo inaudito y deplorable de agresión que dejó a la entrevistadora en un silencio perplejo, incapaz de reconducir el momento hacia un diálogo significativo o de pedir a sus productores el corte inmediato de la emisión del programa por la torpeza de su invitada al set televisivo.

La pregunta de fondo no es solo qué quiso decir la entrevistada -si es que había un mensaje articulado detrás del gesto-, sino qué sentido tiene seguir otorgando espacios a intervenciones dominadas por la iracundia y el desparpajo antes que por la serena y cohesionada argumentación. En una esfera pública que ya se encuentra tensionada por la polarización y el desencuentro como lo está en Bolivia, actos como este no contribuyen a ampliar y profundizar el diálogo, sino a empobrecerlo.

El tipoy no es un objeto cualquiera. Es una prenda que, más allá de su materialidad, condensa historia, pertenencia y una sensibilidad regional que merece ser tratada con respeto, incluso -y sobre todo- cuando se la cuestiona. La crítica cultural puede ser incisiva, incómoda, disruptiva; pero cuando abandona el terreno del argumento para instalarse en el gesto grosero y destructivo, pierde potencia y se convierte en mero acto de imposición y desprecio.

El rol del periodismo en estos escenarios también merece revisión. Entrevistar no es simplemente ceder un micrófono, sino construir un espacio donde las ideas puedan contrastarse, desarrollarse y, si es necesario, confrontarse con rigor. Cuando la reacción ante un acto de evidente carga simbólica es el silencio, se renuncia a esa responsabilidad. No se trata de censurar lo incómodo, sino de no quedar atrapados en la lógica del espectáculo vacío.

¿Aporta algo al debate público una intervención basada en la provocación sin elaboración? La respuesta parece inclinarse hacia la negativa. La provocación, para ser fecunda, necesita estar acompañada de un horizonte de sentido que permita a la audiencia procesarla, discutirla y, eventualmente, transformarla en reflexión. De lo contrario, se diluye en el ruido.

El país necesita voces críticas, sin duda, pero también necesita que esas voces construyan, que interpelen sin destruir por inercia, que incomoden con ideas y no únicamente con gestos. Y los medios, incluso el nuestro, debemos preguntarnos si estamos contribuyendo a ese objetivo o si, por el contrario, estamos amplificando episodios que, lejos de enriquecer el debate, lo degradan.

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