El ser humano es una arquitectura compleja de dones: somos intelecto, cálculo, fe, amabilidad y movimiento. Sin embargo, existe una frontera donde todas nuestras certezas se desmoronan: ese instante en el que la salud se quiebra sin previo aviso. Nadie puede calcular la fragilidad de su propio aliento ni la profundidad del abismo que puede abrirse tras un malestar aparentemente inofensivo. Ante la enfermedad no caben juicios de valor; solo queda el respeto frente al misterio.
El susurro de una tormenta inesperada: Como mujer joven, crecí con la falsa sensación de invulnerabilidad. Creí que una tos persistente era un trámite menor, algo que cualquier farmacia podía resolver. Jamás imaginé que aquello se estaba convirtiendo en una neumonía aguda con derrame pleural. Lo que empezó como un resfrío común evolucionó, en silencio, hacia un cuadro de extrema gravedad.
La soberbia frente al espejo de la fragilidad: Mi primera reacción no fue el miedo, sino la negación. Me resultaba imposible aceptar que mi vida pudiera estar en riesgo por algo que no percibía como grave. Fui una paciente difícil, lo reconozco. Mi prioridad era el trabajo, la rutina, la inercia de seguir. En la Caja Petrolera de Salud de Santa Cruz, pedía el alta prematura y evitaba tratamientos, mientras mis pulmones se llenaban de un silencio cada vez más profundo.
Cuando el aire se vuelve un lujo: La cuarta vez que el líquido pleural invadió mi pecho —de un litro a casi cuatro—, la realidad se impuso. Ya no había espacio para el orgullo porque tampoco lo había para el oxígeno. En esa línea delgada que separa la vida de la muerte, el ego desaparece.
Llamé a mi familia y, en medio del ruido de una ambulancia que atravesaba la ciudad, llegué a terapia intensiva en estado de shock. Al escuchar ese término, el miedo fue inmediato. Imaginé un lugar oscuro, el final de una historia inconclusa.
Ángeles custodiando el abismo: Mis primeros recuerdos son fragmentos: frío, luces difusas, vulnerabilidad. Recuerdo haber preguntado si ese era el final. Entonces, una doctora tomó mi rostro y dijo: “Estamos aquí para ayudarte, no para dejarte morir”.
Ese instante lo cambió todo: Descubrí que la unidad de cuidados intensivos no es un espacio lúgubre, sino un territorio donde la ciencia y la humanidad conviven. Profesionales que acompañan, sostienen y celebran cada avance. Me trataron con rigor médico y con una calidez que no se enseña en los libros.
Un aprendizaje que interpela: Este texto no es una crónica del dolor, sino un acto de gratitud. Cada médico, residente, licenciado y enfermero de la Caja Petrolera de Salud de Santa Cruz forma parte de una misma vocación: sostener la vida cuando esta pende de un hilo.
Pero también es una invitación a mirar con más seriedad aquello que solemos minimizar. A escuchar el cuerpo antes de que sea tarde. Y, sobre todo, a reconocer —como sociedad— el valor de quienes trabajan en las unidades de cuidados críticos.
Porque la terapia intensiva no es el final. Es el lugar donde se libra, en silencio, una de las batallas más decisivas: la de devolverle a alguien la posibilidad de seguir viviendo.
Y esa tarea —la de sostener la vida ajena con conocimiento, entrega y humanidad— merece algo más que agradecimiento: merece respeto, reconocimiento y un compromiso real con el sistema de salud que la hace posible.
(*) Nota de la Redacción: Este texto fue enviado por la autora poco antes de su fallecimiento. Su publicación constituye un homenaje a su legado y a su valiosa contribución al pensamiento, al periodismo y a la docencia universitaria.