Rolando Mendoza Patiño | Docente
Durante siglos, Bolivia ha estado atrapada en el paradigma del extractivismo. Nos han enseñado que nuestra única balsa de salvación es la minería, el gas o el litio. Sin embargo, tras años de transitar caminos sinuosos en la construcción de políticas públicas, debemos comprender que el verdadero motor de desarrollo económico y social reside en una industria que no traslada minerales, sino que atrae personas: el turismo sostenible. Pero para que este motor arranque, necesitamos un aliado fundamental que, a veces, parece una muralla infranqueable: la academia y los académicos.
Mi conexión con esta industria no nació en un aula, sino en la realidad. En el Circuito Ecoturístico y Cultural Mallasa, vi cómo una comunidad podía superar la pobreza y la desnutrición infantil gracias a una visión compartida. Allí comprendí que el turismo sostenible es la combinación perfecta entre conservación y economía. No obstante, al intentar escalar esta visión al nivel de política nacional, nos estrellamos contra el “purismo” académico.
Muchos economistas ven la naturaleza o el patrimonio cultural como “jarrones chinos”, objetos delicados o estorbos difíciles de gestionar bajo el paradigma del extractivismo voraz. En foros económicos, aún escuchamos a eminencias afirmar que sin minería o gas no hay futuro. Esa academia “pura y llana” ha sido, a menudo, una traba ideológica para la introducción de un nuevo paradigma: Turismo Sostenible – Proteger para Prosperar.
Sin embargo, la academia también es la llave. Aprendimos que, para ser escuchados por los tomadores de decisión, necesitábamos rigor. No bastaba con el relato apasionado de un hotelero o un guía; necesitábamos datos. Fue en un viaje a Costa Rica donde comprendí cómo un país entero puede alinearse bajo una causa. Allí conocí a Lykke Andersen, Ph.D. en econometría, cuya incorporación fue el punto de inflexión. Ella le dio a la industria la credibilidad científica que los académicos y políticos exigen. Sus proyecciones fueron contundentes: con los ajustes adecuados, el turismo puede generar 3,000 millones de dólares y 300,000 empleos para el 2030.
Logramos que seis universidades se sumaran a la Mesa Ejecutiva de Turismo (MET). Su rol como cajas de resonancia ha sido vital para este cambio de mentalidad. La presencia de intelectuales como Carlos Hugo Molina, Gonzalo Chávez, Carlos Toranzo, Alberto Bonadona fue clave para demostrar que esta no era una “idea descabellada de andinos de mente febril”, sino una urgencia nacional.
Hacia una nueva educación
Aquí radica el núcleo del desafío: el turismo sostenible implica una nueva educación. No podemos seguir formando profesionales bajo la lógica de la explotación de recursos finitos. La educación no debe limitarse a la transmisión de contenidos —para eso ya existe la inteligencia artificial—. El rol de la academia hoy es potenciar a sus estudiantes para transformar realidades y fomentar una conciencia crítica.
Necesitamos una formación que enseñe que cuidar la naturaleza y nuestras culturas es, además de un deber ético, una dinámica económica generadora de empleo de calidad. La academia debe transitar de la investigación pura a la sostenibilidad aplicada. Debemos romper la muralla de los “puristas” y entender que el turismo sostenible es el que permitirá, precisamente, financiar la investigación y la conservación.
Soy optimista. La juventud boliviana, con su amor intrínseco por la biodiversidad y nuestras raíces, será quien incline la balanza. Ellos ya no quieren vivir de la renta extractiva; quieren vivir de su creatividad, de su hospitalidad y del orgullo de mostrar su país, su gastronomía y su folklore.
Construir una política pública que vincule educación, academia y turismo sostenible es el camino para darle alma al discurso de protección a la Madre Tierra. Es pasar a un desarrollo vibrante. La academia tiene hoy la oportunidad histórica de dejar de ser una traba para convertirse en el puente hacia una Bolivia que no solo exporta lo que tiene bajo el suelo, sino que comparte con el mundo la riqueza que florece sobre él.
Este 2025 será recordado como el punto de inflexión: el momento en que cambiamos el “chip” del extractivismo por el de la Industria de la Hospitalidad.