Retazos de cuerpos dispersos sobre la avenida, gritos de auxilio que se mezclaban con bocinas y sirenas, el estruendo seco de una aeronave impactando contra el pavimento. La escena —ocurrida en la ciudad de El Alto— parecía salida de una película catastrófica, pero era real. El dolor se hizo carne y la calle se convirtió, por momentos, en una morgue a cielo abierto.
En medio del caos, la lógica humana indicaría que el auxilio a los heridos debía ser inmediato. El instinto solidario, ese que nos ha permitido sobrevivir como especie, debería activarse casi de manera automática. Sin embargo, lo que se vio fue también otra cara: personas que, en lugar de asistir, optaban por grabar con sus celulares o recoger billetes esparcidos entre los restos del accidente.
Las redes sociales se inundaron de imágenes y comentarios. Testigos denunciaron escenas de saqueo y agresiones, incluso contra periodistas y efectivos policiales que intentaban acordonar la zona. Según reporte oficial, los billetes recogidos carecen de valor legal, lo que hizo aún más absurda la codicia desatada.
Pero sería un error quedarnos únicamente en la condena moral. Porque la transformación social comienza por comprender las causas estructurales que modelan conductas colectivas, la deshumanización no surge de la nada: es hija de desigualdades profundas, de precariedad, de una cultura donde el tener parece valer más que el ser.
Bolivia enfrenta desafíos estructurales importantes. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y organismos internacionales, aunque la pobreza se redujo significativamente entre 2006 y 2019, en los últimos años volvió a mostrar señales de estancamiento e incremento en áreas urbanas y periurbanas. El Alto, una de las ciudades más jóvenes y dinámicas del país, concentra también altos niveles de informalidad laboral y vulnerabilidad social. Estos factores no justifican el saqueo ni la indiferencia, pero ayudan a comprender el contexto en el que emergen ciertas reacciones colectivas.
Y, sin embargo, en medio del desconcierto también hubo humanidad. Bomberos voluntarios, personal de salud, vecinos que sí prestaron auxilio, periodistas que informaron con riesgo personal, policías que intentaron restablecer el orden. Esa parte de la historia también debe contarse. Porque la fe en la humanidad no es negar lo oscuro; es reconocer que, aun en la noche más oscura, existen manos que se tienden.
Un profesor muy estimado, Ezequiel Ander-Egg, sostenía que el desarrollo no es solo crecimiento económico, sino fortalecimiento del capital social: confianza, cooperación, solidaridad. La pregunta que deja esta tragedia no es únicamente “¿qué nos pasó?”, sino “¿qué estamos haciendo para reconstruir ese tejido social?”
¿Estamos educando en valores de empatía y corresponsabilidad? ¿Estamos fortaleciendo la cultura del auxilio y la protección civil? ¿Estamos promoviendo una ética pública que priorice la vida sobre el lucro inmediato?
La tragedia aérea de El Alto nos confronta con nuestra fragilidad, pero también con nuestra capacidad de cambio, no somos únicamente los que saquean, también somos los que rescatan; no somos solo la codicia, también somos la compasión.
Decir “deshumanización al descubierto” puede ser una alerta válida, pero no puede convertirse en sentencia definitiva; la humanidad no es una condición automática, es una construcción cotidiana.
Y si algo nos enseñan las crisis es que, incluso entre escombros, podemos elegir qué tipo de sociedad queremos ser, cuando la tragedia pone a prueba nuestra humanidad.