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Un nuevo ciclo para Bolivia: entre la herencia y la posibilidad

Lunes, 17 de noviembre de 2025 a las 04:00

Por Redacción

    

Gloria Ardaya | escritora y estudiante de Filosofía y Letras

I. Un comienzo que no borra lo anterior.
La llegada de Rodrigo Paz a la presidencia de Bolivia, después de veinte años de gobiernos de izquierda, no es simplemente un cambio administrativo ni un giro de estilo: es un reacomodo profundo del imaginario colectivo. En países como el nuestro, donde la política ha sido vivida con intensidad casi mítica, los cambios de signo suelen percibirse como rupturas totales. Pero ninguna transición comienza desde la nada. Ningún país se reinventa de un día para otro. La historia —esa trama que arrastramos aunque queramos soltarla— siempre viaja con nosotros.
La pregunta que emerge es si este nuevo ciclo será un paréntesis, un retroceso o una verdadera mutación. Y las mutaciones, en política como en la vida, nunca son cómodas: llegan con incertidumbres, tensiones y demandas éticas.
II. El país sin mito
Todo proyecto político, cuando se prolonga en el tiempo, se transforma en mito. Y cuando un mito cae, no deja simplemente un espacio vacío, sino una intemperie moral. Bolivia está hoy en ese momento desnudo: ya no tiene el relato heroico que durante dos décadas explicó el país a sí mismo, pero tampoco tiene uno nuevo que ordene las expectativas.
Ese territorio intermedio —el interregno, como lo llamó Gramsci— es fértil pero peligroso. Es el momento en que lo viejo ya no sostiene y lo nuevo aún no puede sostener. En ese hueco nacen los temores, los fanatismos, los oportunismos. Pero también nacen las posibilidades.
Gobernar no es solo tomar decisiones, sino ofrecer dirección en un país que ha perdido su brújula narrativa.
Bolivia debe preguntarse nuevamente quién quiere ser. Esa es una pregunta que ningún presidente puede responder solo. Y sin embargo, es una pregunta que cualquier gobierno tiene la responsabilidad de provocar.
III. El Estado desbordado y la realidad que apremia
Rodrigo Paz recibe un Estado agrandado en discurso, pero debilitado en funcionamiento. Una estructura administrativa que prometió abarcarlo todo, pero que terminó atrapada entre la burocracia, la escasez fiscal y la creciente desconfianza ciudadana.
Tres urgencias se imponen de inmediato:
1. Recuperar la confianza institucional.
Después de tantos años de polarización y desgaste, el país necesita creer nuevamente en sus reglas, en sus procedimientos y en sus límites.
2. Reordenar la economía sin desatar fracturas sociales.
El equilibrio fiscal requiere decisiones difíciles; pero el tejido social, ya tensionado, no soportará fórmulas puramente tecnocráticas que ignoren la complejidad humana.
3. Reconducir la conflictividad política sin caer en revanchismos.
Tras un ciclo tan largo en el poder, la tentación de la venganza es grande, pero sería un error histórico. Gobernar desde la revancha oscurece el futuro y envenena la convivencia.
Nada de esto es sencillo. Pero la lucidez, más que la fuerza, será el recurso decisivo.
Bolivia no necesita un nuevo mito, sino un nuevo pacto. Y los pactos solo nacen cuando cada parte renuncia un poco a su propia soberbia.
IV. El pacto social como tarea pendiente
Todo nuevo ciclo político es una oportunidad de renegociar el pacto social. Pero ningún pacto verdadero se decreta desde un escritorio. Se construye de manera lenta, conflictiva y siempre incompleta.
El nuevo gobierno enfrentará la resistencia de quienes crecieron dentro del ciclo anterior, la impaciencia de quienes esperan reformas inmediatas y la desconfianza de quienes han visto demasiadas promesas incumplidas. Bolivia arrastra heridas abiertas que no se cerrarán con discursos.
La reconciliación, si llegará, será fruto de decisiones prudentes, gestos simbólicos valientes y la disposición a escuchar sin imponer. Se requiere una democracia madura, una que no confunda oposición con enemistad ni disenso con traición.
Ojalá hayamos aprendido que ningún país avanza cuando una mitad busca anular a la otra.
V. Una esperanza sin ingenuidad
Esperanza no es ingenuidad. Esperar no es ilusionarse sin fundamento, sino reconocer que el futuro es una construcción colectiva. El país necesita una esperanza adulta: la que es consciente de que habrá errores, tensiones y retrocesos; la que entiende que ningún gobierno puede satisfacerlo todo; la que asume que la transformación profunda es lenta, incómoda y exige coraje cívico.
La llegada de Rodrigo Paz abre la posibilidad —solo eso, posibilidad— de que Bolivia reencamine su institucionalidad, recupere la sobriedad democrática y encuentre un punto de equilibrio entre crecimiento, inclusión y libertad.
Pero esa posibilidad depende de algo más grande que un presidente: depende de nosotros.
VI. Epílogo: el país que empieza a respirarse
Bolivia entra en una etapa donde lo que está en juego no es únicamente quién gobierna, sino qué país queremos ser. El fin de un ciclo tan prolongado no garantiza nada, pero habilita mucho: habilita el debate, la reinvención, la crítica y la creación.
El país respira incertidumbre, sí, pero también posibilidad. Y toda posibilidad implica responsabilidad.
La pregunta no es si Rodrigo Paz podrá cambiar Bolivia. 
La pregunta es si los bolivianos podremos —al fin— cambiar la manera en que entendemos nuestra propia democracia.
Que este nuevo tiempo no nos encuentre expectantes, sino despiertos.
No pasivos, sino partícipes.
No temerosos, sino dispuestos a imaginar otra forma de vivirnos como nación.
 

 

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