Por Marina Bonino, arquitecta La situación en las carreteras de Bolivia, especialmente en los tramos que conectan Potosí, Uyuni y Oruro, se ha convertido en un verdadero terrorismo vial. Los accidentes de tráfico se han vuelto una constante, con un alarmante número de muertes (más de 130) y heridos (más de 200) sólo en los últimos 7 días, a lo largo de estas rutas. Este fenómeno no es solo un problema técnico de la infraestructura, o de las condiciones del clima; es, fundamentalmente, el resultado de la imprudencia, el exceso de velocidad, así como del manejo bajo los efectos del alcohol y drogas de los conductores. Últimamente, las noticias nos traen todos los días informes desgarradores sobre accidentes que involucran a flotas y minibuses de transporte masivo y automóviles de particulares. Estos vehículos, a menudo llenos de familias bolivianas y turistas, se han convertido en escenarios de tragedia y duelo. La pérdida de vidas humanas es inconmensurable, y más aún, si consideramos que detrás de cada estadística hay una historia, un sueño truncado, una familia desgarrada por la pérdida de sus seres queridos. La falta de intervención efectiva por parte de los organismos de control de tránsito es alarmante. La Policía caminera, en lugar de ser un mecanismo de prevención y control, parece estar mirando de palco, sin un plan efectivo para enfrentar esta epidemia de imprudencia. Los gobiernos departamentales de Oruro y Potosí, y las autoridades nacionales, parecen ignorar o minimizar la gravedad de la situación, dejando a los ciudadanos solos ante una realidad que debería especialmente a quienes tienen la obligación de velar por el bienestar de la población. Y ni qué decir de las empresas privadas de transporte, que al parecer sólo venden los pasajes sin hacerse cargo de la seguridad, ni mucho menos, de las consecuencias. Hasta ahora no hemos visto que los propietarios sean juzgados como responsables directos del servicio de transporte que ofrecen o que las leyes sean más contundentes para castigar a los culpables. La inseguridad que estos tramos representan, no solo afecta a quienes transitan por ellos diaria o eventualmente, también empaña la imagen de Bolivia como destino turístico. La falta de medidas de seguridad efectivas desanima tanto al turismo interno como al externo, que ve en estas tragedias una razón más que suficiente para evitar transportarse por las rutas bolivianas. Esta situación es, indudablemente, un indicio más de la decadencia de nuestro país, en donde la vida de las personas no vale nada, y las excusas están a la orden del día. Es hora de que las autoridades asuman su responsabilidad y actúen seriamente para evitar que este tipo de contingencias siga siendo la noticia destacada tanto en Bolivia como en medios de comunicación internacionales. Acciones necesarias y urgentes son, por ejemplo: • Incrementar la vigilancia en puntos críticos y realizar verdaderos operativos de prevención que incluyan pruebas de alcoholemia y verificación de condiciones de manejo de los choferes y sus ayudantes. La policía debe hacer seguimiento y control de las flotas y taxis con la misma diligencia que lo hacen con los vehículos particulares. • Implementar campañas educativas sobre la importancia de conducir de manera responsable, especialmente en rutas peligrosas. Prevenir será siempre más deseable que lamentar. • Realizar mejoras en la infraestructura carretera como adecuada señalización, mantenimiento continuo de vías, instalación de barreras de seguridad, iluminación, entre otras. • Las compañías operadoras de flotas, taxis y minibuses, deben asumir su ineludible responsabilidad en la capacitación y control de sus conductores y en el mantenimiento de sus vehículos para garantizar un viaje seguro. No podemos seguir ignorando esta realidad. La vida de muchos bolivianos y extranjeros, está en juego. Hago un llamado urgente a las autoridades competentes; tomen acción, implementen planes de control y seguridad, trabajen en conjunto con todos los actores corresponsables, para evitar más tragedias. No permitan que la imprudencia y la falta de acción sigan cobrando vidas en las carreteras bolivianas. Que la indiferencia, la inoperancia no conviertan estos hechos en simples anécdotas que la población se va acostumbrando a ver como algo “normal”. ¿Cuántas muertes más serán necesarias para empezar a actuar como corresponde?