En el libro “La batalla cultural” 2022, Agustín Laje sostiene que la política no transformó a la televisión, sino la televisión fue la que transformó a la política. El mundo de la imagen funciona con sus propias reglas, que son ciertamente distintas a las de la cultura de la palabra y la imprenta. La tecnología comunicacional funciona instituyendo unas reglas precisas para juego político.
El mundo de la imagen se articula con una cultura de la pantalla que ha convertido a la política en videopolítica o política TikTok. La batalla cultural tiene sentido allí donde los mecanismos tradicionales de reproducción social ceden a los mecanismos modernos de secularización, mercantilización y democratización. Pero ¿qué ocurre cuando la cultura se termina colando en todas las esferas, incluida la política? ¿Qué pasa cuando la ciudadanía está más interesada en votar por un personaje de reality show, que por sus propios líderes políticos? ¿Qué ocurre cuando nuestras tecnologías mediáticas levantan un mundo enteramente cultural?
Para el autor, la batalla cultural ya no solo tiene sentido, sino que se vuelve central, inevitable, omnipresente, y se confunde con toda lucha por el poder que libra sus propias batallas culturales. El poder político creó escudos, sellos, retratos, banderas, himnos, escuelas, instituciones, y dio representantes y leyes a sus pueblos, posicionándose por encima del poder cultural con arreglo al cual se aseguraba, sin embargo, su propia legitimidad.
A la videopolítica le corresponde la videodemocracia. Si el político se convierte en celebridad, el pueblo se convierte en espectador. El modelo del militante cede ante la emergencia del fan. El demos es demasiado abstracto para ser captado por la cámara. Ningún pueblo se construye alrededor del televisor. La pantalla ha revelado, en todo caso, que el pueblo no existe más que como una ficción que ahora, cuando no podemos siquiera recrearla en la pantalla, cede su lugar a su opuesto: la diversidad. Ella representa la médula de lo televisable: la diversidad es divertida. Así, los extravagantes y desviados son los favoritos de la televisión: salirse de la norma siempre es noticiable. Lo relevante estriba más en una identidad compartida que en sus diferencias; estriba en una normalidad en torno a la cual se reproduce el propio demos, no en los normales con los que nadie se identifica.
La cultura posmoderna es una cultura de la diferencia: exalta la anormalidad, el desvío social. Podría decirse que los que se salen de la norma se volvieron, paradójicamente, la norma. Que eso ocurra en televisión es comprensible. El mundo de la imagen llega a su estado de madurez cuando permite el ingreso activo de quienes antes eran meros espectadores pasivos. La tecnología digital, conjugada con hardware cada vez más potente, software cada vez más eficiente y conexiones cada vez más rápida y accesibles a las masas, transforma al televidente en un internauta.
En la sociedad contemporánea la política es fundamentalmente una política mediática. El poder político hoy se encuentra sin embargo abrumado por un estado de cosas en el que lo cultural, proyectado en la pantalla y multiplicado por ella hasta el infinito, crea una realidad a la que la política se debe subordinar. La televisión cambió a extremos insospechados la política, y dotó de enormes cantidades de poder político a la comunicación mediática. El cabello o el color de camisa de un político jamás había tenido tanto valor político.
Lo cierto es que internet y las redes sociales han transformado profundamente la forma de hacer política y la manera de interactuar entre políticos y ciudadanía. El aspecto positivo ha sido acercar los asuntos públicos a la población y a que las y los ciudadanos incrementen su participación en la cosa pública a la que no facilitan organizaciones burocratizadas como los partidos políticos. El individuo-político ha superado al partido-político; las lealtades partidarias están a la baja, y sus características particulares suelen ser más valoradas que los programas de gobierno, y sus principios ideológicos. Los históricos mítines, los congresos del partido, la formación política de la militancia, los actos masivos, los grandes debates, etc., han sido sustituidos por la política TikTok.
*Jurista y autor de varios libros