La inflación es una profunda injusticia. Es la medida más cruel, silenciosa y regresiva que un gobierno decide implementar. Cuando el dinero vale cada vez menos, quienes más sufren son los pobres; las familias humildes, los asalariados, las madres solteras, los jubilados. Son ellos quienes sufren más por las decisiones irresponsables de quienes gobiernan con una ideología que carece absolutamente de sentido moral: el socialismo.
En Bolivia, la inflación ha regresado, pero mientras el gobierno la niega, la calle grita. El precio del pan, de la carne, del café, los aparatos electrónicos, etc. está por las nubes. El salario real (que ya estaba estancado desde 2004) se desploma, el ahorro se convierte en una ilusión y la ‘bolivianización’ resultó ser un error garrafal porque hoy la familia boliviana no puede salir de la pobreza a la que hoy está condenada por manejarse con esta moneda que pierde cada día su valor.
Ignorando más de 4.000 años de evidencia histórica y económica, el socialismo boliviano emitió dinero sin respaldo y, por si fuera poco, se fijaron precios por decreto y cerró las exportaciones, el gobierno ha decidido que el ajuste caiga sobre los estómagos de las familias más pobres y vulnerables del país. En pleno siglo XXI, Bolivia sufre de hambre.
La inflación debería ser tratada como un crimen ya que es deliberada y evitable, pero sin lugar a dudas porque empobrece al que menos tiene y enriquece a la oligarquía -azul- que está en el gobierno hace 20 años. La inflación refleja un crimen ético en la conducción de la política pública; ningún gobernante puede justificar el robo sistemático que representa la pérdida del poder adquisitivo. No es que los precios sean más altos, es que el boliviano vale cada vez menos.
2025 es un año electoral y el voto debe ser un acto de justicia. No se trata solo de cambiar rostros, sino de recuperar la cordura fiscal, la independencia monetaria, el respeto al mercado y la transparencia en la gestión pública.
Si no condenamos la inflación como lo que es —un acto deliberado de empobrecimiento— entonces somos cómplices de un modelo que roba a los que menos tienen y eso, moralmente, es inaceptable y es un crimen.