En un mundo cada vez más incierto, donde las tensiones geopolíticas afectan directamente nuestras vidas, muchas veces nos enfrentamos a preguntas sin respuestas claras. Hace años, recibí un libro titulado "Qué hacer cuando no sabes qué hacer, y últimamente me he preguntado si existe un equivalente que nos ayude a pensar con claridad cuando no sabemos qué pensar de forma imparcial.
Actualmente, dos temas dominan la discusión mediática internacional: las políticas frente a la inmigración y el riesgo de una guerra comercial entre las principales economías mundiales. Vivimos en un entorno polarizado e ideologizado que dificulta adoptar posturas objetivas e imparciales. Sin embargo, la búsqueda de análisis técnicos rigurosos es más necesaria que nunca para entender estos temas y formar una opinión informada.
Al reflexionar sobre esta incertidumbre, encontré un libro publicado a fines de 2023 por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Centro para la Investigación en Política Económica (CEPR), titulado Fragmentación Geoeconómica: Los Riesgos Económicos de una Economía Mundial Fracturada.
Este informe destaca cómo las crecientes tensiones entre países están afectando el comercio y la economía global, limitando la cooperación internacional para resolver problemas mundiales. Además, señala que el acceso a nuevas tecnologías y la inversión extranjera se están volviendo más restrictivos, lo que pone en riesgo el crecimiento económico en varias regiones del mundo.
Por otro lado, para entender el contexto, vale la pena recordar las características clave de la globalización en las últimas décadas: el aumento significativo del comercio internacional, los crecientes flujos financieros entre países, la producción distribuida en cadenas globales de suministro y la creación de instituciones internacionales para armonizar las políticas económicas.
Sin embargo, las políticas recientes apuntan a una reversión de este modelo, lo que podría tener consecuencias devastadoras. Según el libro citado, este retroceso podría reducir la producción económica mundial en un 5%. En América Latina, las consecuencias podrían ser igual de alarmantes, con una caída proyectada del 2% al 4% en la actividad económica.
En este contexto, resulta evidente que muchos países han optado por el regreso de las políticas industriales como una respuesta al impacto negativo de la robotización y la inteligencia artificial en el empleo. Estas políticas buscan proteger industrias locales y recuperar puestos de trabajo, pero tienen un costo importante.
Al mismo tiempo, un análisis del reciente informe de McKinsey titulado Geopolítica y la geometría del comercio global" del pasado 27 de enero señala que aproximadamente el 10% del comercio mundial depende de solo tres países como proveedores clave, lo que incrementa la vulnerabilidad de las cadenas de suministro globales.
En este escenario, América Latina, y en particular Brasil, ha visto un aumento en sus exportaciones agrícolas y minerales a China. Esto consolida su rol como proveedor estratégico, pero también refuerza su dependencia del gigante asiático.
Por esta razón, mi impresión, al revisar estos y otros documentos, es que muchos países de la región, incluyendo Bolivia, no están preparados para enfrentar estos nuevos desafíos. Por ejemplo, ¿qué sucedería si, como en el caso de Colombia, un conflicto geopolítico interrumpiera el comercio y el flujo financiero desde y hacia nuestro país? ¿Estamos preparados para mitigar el impacto de una desaceleración global o una mayor dependencia de mercados específicos?
Lo que estamos presenciando, en definitiva, es solo el comienzo de una transformación global. En países avanzados, ya se están considerando escenarios de fragmentación desde hace años, mientras que en nuestra región aún falta mayor preparación. La pregunta no es si estos cambios nos afectarán, sino cómo y en qué medida.
En un mundo más fragmentado, pensar con claridad es quizás nuestro mayor desafío.