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Internet móvil: cada vez más caro, cada vez más inestable

Lunes, 23 de marzo de 2026 a las 04:00

Algo está pasando –y hace tiempo– con el internet móvil en Bolivia, y ya no se puede ignorar. No se trata de una percepción aislada ni de casos puntuales: es una experiencia cada vez más común para miles de usuarios. Ya sea que uses paquetes de datos o un plan mensual, la experiencia se ha deteriorado de forma evidente. La señal se pierde con frecuencia en mercados, edificios, calles e incluso en zonas donde antes funcionaba sin mayores problemas. Lo que antes era una molestia ocasional hoy se ha vuelto parte de la rutina.

La escena se repite: estás por pagar una compra mediante QR y, justo en ese momento, no hay conexión. Empieza entonces la búsqueda desesperada de señal, caminando de un lado a otro, alejándote del punto de compra hasta encontrar una barra de cobertura que permita completar la transacción. Lo que debería tomar segundos termina convirtiéndose en varios minutos de frustración, tanto para el cliente como para el comerciante.

Lo más preocupante es que esta situación no es aislada. Se percibe en distintas ciudades del país y en diferentes operadores. Sin embargo, no hay explicaciones claras. Nadie informa si se trata de fallas técnicas, saturación de redes o falta de inversión. Mientras tanto, los datos se consumen, los megas desaparecen y el usuario debe seguir pagando o recargando para mantenerse conectado. La sensación es evidente: el servicio empeora, pero el costo se mantiene.

Esto ocurre en un contexto donde la conectividad ya no es un lujo, sino una necesidad básica. Trabajamos, estudiamos, compramos y nos comunicamos a través del celular. Bolivia, que ya arrastraba velocidades de internet entre las más bajas de la región, ahora enfrenta un problema adicional: la inestabilidad. No solo es lento, ahora además es poco confiable.

Ante esta realidad, muchos usuarios han optado por soluciones improvisadas, como tener dos líneas de diferentes compañías con la esperanza de que al menos una funcione. Sin embargo, ni siquiera esa estrategia garantiza resultados. Hay momentos en los que ambas redes fallan al mismo tiempo. En situaciones cotidianas, incluso se vuelve necesario pedir acceso a WiFi para realizar pagos o completar gestiones simples.

Aunque en menor medida, el problema también empieza a sentirse en el internet fijo domiciliario. Cortes, lentitud y caídas intermitentes afectan una experiencia que, hasta hace poco, era más estable. Esto refuerza la percepción de un sistema de conectividad que no está respondiendo a las demandas actuales.

La pregunta es inevitable: ¿qué está ocurriendo con la calidad del servicio? Y más importante aún, ¿qué se está haciendo para solucionarlo? Las empresas continúan ofreciendo planes y promociones, pero el usuario percibe un deterioro progresivo. La ausencia de información solo agrava el malestar.

La conectividad no puede seguir siendo un privilegio incierto. Es momento de que las compañías y las autoridades correspondientes asuman el problema con transparencia y planteen soluciones concretas. Mejorar la infraestructura, ampliar la cobertura y garantizar estabilidad ya no son opciones: son obligaciones.

Porque en un país donde todo depende cada vez más de estar conectado, perder señal no es solo una falla técnica. Es una barrera diaria que limita el trabajo, el comercio y la vida cotidiana.

(*) El autor es economista

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