El proyecto de la modernidad que pregonaba el fallecido Jurgen Habermas se basaba en la emancipación de la sociedad como producto del predominio del uso de la razón, concepción heredada de la ilustración del siglo XVIII, llamado “Siglo de las Luces”.
Sus ideales eran la autonomía, la democracia racional y la deliberación pública. Creía en la idea y la posibilidad del progreso. Creía que el futuro lo construimos nosotros con nuestras acciones de hoy. Para él existían dos instancias distintas que debían trabajar juntas: la sociedad civil y el mundo político y de los recursos.
Los posmodernos (Lyotard, Foucault) le hicieron duras críticas que él aceptó, pero sin abandonar el proyecto de la modernidad, pues eso implicaría renunciar a la racionalidad y la emancipación humana de todas las formas irracionales que durante siglos lo han oprimido.
La crítica posmoderna fue particularmente intensa hacia la planificación urbana, crítica que permitió grandes avances en la misma, pero sin abandonar su matriz racional.
Según Habermas, modernidad implicaba el trabajo conjunto entre sociedad civil organizada y mundo político que toma decisiones y posee recursos, y eso es exactamente lo que logramos en la Santa Cruz de los años ´60 y ´70: una sociedad civil fuerte, moderna y organizada trabajando con sus instituciones autónomas y con recursos propios, orientados hacia el mismo concepto de progreso, pues se creía en ese progreso. En ese sentido, estábamos en sintonía con la modernidad.
Santa Cruz vive hoy la crisis del modelo de la modernidad, modernidad que según Haberman no debe ser abandonada sino reformulada, fortaleciendo la comunicación racional, la deliberación pública y las instituciones democráticas.
Viendo a la gente abandonando la razón para protegerse en el oscurantismo, viendo a los empresarios pensar solo en ingresos a corto plazo y viendo a los politicos convertir a la política en espectáculo, ¿será que la modernidad sostenida por Habermas tiene todavía una chance en el mundo de hoy? Muchos de nosotros seguiremos insistiendo, porque las alternativas son catastróficas.
(*) El autor es urbanista