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Graciela Rodo Boulanger y su paraíso

Martes, 28 de enero de 2025 a las 13:13

Graciela Rodo abrió los ojos al mundo en la ciudad de La Paz, el mismo día en que los pilas avanzaron desde “27 de Noviembre” hacia el río Parapetí, aniquilando a los regimientos Ingavi y Junín, lo que provocó la retirada boliviana hacia Boyuibe, en las postrimerías de la guerra del Chaco. Un conflicto sin sentido que enfrentó y consternó a dos países misérrimos. Arrobada, ese mismo  16 de febrero de 1935, la joven Graciela Aparicio de Rodo contempló a su recién nacida, y supo que la bautizaría con su mismo nombre. La criaría con inmenso amor y le transmitiría la sensibilidad por la música que tanto disfrutaba. En ese momento, no imaginaba que su criatura sería una de las artistas bolivianas más sobresalientes de su tiempo.


Baltazar Rodo, contador de profesión,  se percató temprano de la habilidad de Gracielita con los lápices y los colores. Comprendió la fascinación de la niña, pues a él también le deleitaba dibujar. Ya en su nuevo destino laboral,  Oruro, insistiría en la importancia de perfeccionar el dibujo y siempre alentó la instrucción artística de su pequeña.


La segunda hija de la familia Rodo Aparicio recuerda su niñez transcurrida en un entorno feliz, un cosmos erigido por una madre pianista y un padre amoroso que tenía alma de artista.  De esa manera, pasó su infancia, sumergida entre mares de papeles dibujados y coloreados por ella misma y con los pies colgando de la banqueta del piano, descifrando los secretos del instrumento, guiada por su madre. A los once años, Gracielita asistió a las clases de pintura y dibujo impartidas por el gran Juan Rimsa,; a los trece, alternaba su tiempo entre el colegio Alemán, los cursos de piano y su ingreso a la escuela de Bellas Artes. La adolescente dio su primer recital en la Paz y a los quince años en Santiago de Chile, adentrándose en los caminos que el conservatorio, los pentagramas y los estudios de pintura le marcaban.


Apenas cumplidos los diecisiete, Graciela presentó su primera exhibición pictórica en Viena, ciudad en la que se inscribió al estudio de la pintura y el piano. Convencida de que no podría alcanzar la excelsitud en las artes que requerían rigurosa dedicación por separado, se decantó por las artes visuales. Una decisión que, para su gran dicha, la llevó a París, la ciudad de sus sueños, donde  Johnny Friedlaender la introdujo en las técnicas de sellado y grabado.


En 1968, ya casada con el diplomático francés Claude Boulanger y madre de dos pequeñas, Karine y Sandra, Graciela publicó su primera edición de grabados y realizó su primera exhibición en Estados Unidos. Afincada en la ciudad de Eiffel, Graciela se volcó completamente en su trabajo y su carrera artística despegó fulgurante. En 1979, la UNICEF la designó como la artista oficial del póster del Año Internacional del Niño, y dos de sus tapices fueron presentados en el salón de la Asamblea General de la ONU. En 1983, el Museo de Arte Moderno de América Latina, en Washington DC, organizó una retrospectiva de su obra, y tres años después la Ópera Metropolitana de Nueva York la comisionó para su afiche de ''La Flauta Mágica” de Wolfgang Amadeus Mozart.

 Posteriormente, sus pinturas fueron exhibidas en la Galería de Arte del Lincoln Center. En 1993, la Federación Mundial de las Asociaciones de la ONU eligió una de sus pinturas para ilustrar un sello y una impresión de edición limitada sobre las especies en peligro de extinción. Una retrospectiva de cincuenta años de su obra, titulada ''Cinco Décadas'' tuvo lugar en la galería 444 de San Francisco en 2006. Asimismo, Graciela Rodo Boulanger recibió el Premio “Obra de Vida” en la edición número 64 del Concurso Municipal de Artes Plásticas Pedro Domingo Murillo, en la ciudad de La Paz.


Cabe resaltar que innumerables exhibiciones de la artista boliviana se han realizado en los cinco continentes, y su arte es de interés para diversos marchands d'art. Sus obras figuran en los museos, galerías y colecciones privadas más prestigiosas. Rodo Boulanger, merecedora de gran reconocimiento y con una proyección internacional sobresaliente, es sin duda, un verdadero orgullo para el país.


Los artistas plásticos se expresan mediante imágenes, valiéndose de elementos como la forma, la línea, la composición, la textura o la perspectiva, junto con los conocimientos relacionados con la óptica y la luz.  Así Rodo Boulanger, esteta que utiliza el espectro de colores y una infinidad de recursos para sus creaciones, admite haber sido influenciada por diversas escuelas y haberse anclado al figurativismo. Su estilo, colorido, delicado y muy personal, en el que las capas de óleo crean transparencias, espejismos, filigranas y finuras que solo los maestros consiguen. 


Si para los escritores el tema es un pretexto para narrar, para el artista plástico, las diferentes técnicas representan lenguajes para dialogar con el espectador. Graciela se expresa cada día y lo demuestra con su obra. Lleva siete décadas de trabajo con óleo, grabado, collage, acuarela, dibujo y escultura. Hoy en día, migra a la arcilla, en un tránsito lógico y natural en el que extiende  sus lienzos a la tridimensionalidad, -y para nuestro solaz- nos permite vivirlos de otra manera.El universo de Rodo Boulanger nos acerca y nos recuerda constantemente la niñez, “como añorando la infancia de la humanidad,” señala la creadora. Una recurrencia que apela a la delicadeza, la  bondad, el optimismo, la inocencia, y el entusiasmo perdidos. La infancia, esa etapa cubierta de  magia, fantasía, y creatividad ilimitada. Los grandes chiquitos, sabios y vulnerables, que reconocen lo esencial. Los niños, el futuro de la humanidad, víctimas de un mundo roto por la violencia, la explotación, el abuso y la depredación. Borrando esas realidades, Graciela nos ofrece esperanza, solidaridad, y justicia, en forma de aves,  mariposas,  elefantes, tigres,  circos y juegos de niños. En otras palabras, nos permite atisbar el mundo ideal en el que quisiéramos habitar.


En el umbral de sus noventa años, Rodo Boulanger, señala que nunca ha dejado de trabajar. Mantener sus manos deslizándose por el lienzo, el papel o la greda, es para ella, la vida misma. La fuerza pulsátil que traduce la visión de su mundo permanece intacta y es una puerta abierta a su alma. El amor a su trabajo, la energía, y la vitalidad que mantiene son típicos del artista que vive con plenitud la pasión que acelera su corazón y será joven eternamente.


Es así, que “La gran aventura del dibujo”, la más reciente muestra de Graciela Rodo Boulanger que consta de una treintena de estupendos dibujos de gran formato sobre tela de lino fue inaugurada el 21 de diciembre pasado  en el “Espacio BNB Art”, en la ciudad de La Paz. Exhibición imperdible que ojalá sea llevada por todo el país. 


Existen escritores y artistas que crean con vehemencia, como si presintieran su temprana desaparición. En cambio,  otros, como Graciela, lo hacen con serenidad, dando la impresión de ser un río sempiterno que  fluye inagotable. Quienes tenemos la suerte de conocerla personalmente nos encontramos con una persona reservada, delicada, entrañable, poseedora de una constancia y determinación que doblaría el hierro. Ella, siempre fiel a lo que quiso ser, se refugió en su arte, transformándolo en su paraíso. Un Edén personal, poblado de forma, color y música, porque, en el fondo, su arte no es otra cosa que  notas de una gran composición de tiempos sincopados, en los que sus trazos exquisitos y armónicos cobran espacialidad. En su  vuelo, su arte suelta bailarinas, ángeles, ciclistas, aves, elefantes, tigres, pedazos de la vida misma, y nos hace soñar. 


El  ininterrumpido concierto  de Graciela Rodo Boulanger, nacido en el departamento de la casona sita en la calle de la estación de trenes de Oruro, en los altos de la zapatería Zamora, su talento de niña prodigio da paso a su magnífica obra, la cual habitará en nosotros para siempre.


“La infancia patria de todos los sueños”

 

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