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Entre la gestión y la identidad: así votó Santa Cruz

Lunes, 30 de marzo de 2026 a las 04:00

Este análisis se fundamenta en los hallazgos presentados por el Observatorio de Coyuntura y Asuntos Internacionales de UTEPSA el 18 de marzo de 2026, durante el evento “Detrás del Spot: Comunicación y Política en el escenario electoral de Santa Cruz 2026”, de carácter estrictamente académico. 

En Santa Cruz se llevaron a cabo dos elecciones simultáneas: Gobernación y Alcaldía. Aunque el electorado fue el mismo, los resultados mostraron comportamientos distintos. La Alcaldía concentró el voto; la Gobernación lo dispersó. El cruceño no vota igual para todos los cargos: distingue según el tipo de liderazgo que está eligiendo.

Dos elecciones, dos lógicas distintas

La campaña por la Alcaldía fue clara. Carlos “Mamén” Saavedra construyó su propuesta desde un discurso directo contra la corrupción, cuando la administración saliente mostraba desgaste. Durante años de concejal mantuvo ese tema constante en redes, convirtiéndose en una voz reconocible; entonces, cuando la ciudadanía tiene claro lo que no quiere, concentra su voto en quien considera más creíble.

Ahí aparece uno de los desafíos más difíciles de la comunicación política: la credibilidad. Un candidato que lleva años repitiendo lo mismo tiene una prueba de coherencia que ningún anuncio de treinta segundos iguala. Para Saavedra, la campaña formal fue la confirmación de algo que ya estaba presente.

La elección a la Gobernación fue más compleja. Juan Pablo Velasco obtuvo el mayor porcentaje sin mayoría absoluta, su perfil rompe con el político cruceño tradicional, él viene de la empresa, habla de institucionalidad y gestión verificable. Le funcionó en las áreas urbanas, pero no penetró con la misma fuerza en el interior provincial, donde la identidad autonómica sigue pesando, por lo que ganó con base sólida, pero geográficamente incompleta.

Otto Ritter, segundo en estas elecciones, se presenta como sucesor del espacio autonómico que Camacho dejó vacío, con presencia real en municipios intermedios y el interior departamental. Pero su apoyo no es un cheque en blanco; ese electorado quiere continuidad del ideal autonómico, no repetición del ciclo anterior. Si quiere ampliar su respaldo, tendrá que demostrar que puede representar ese espacio sin caer en lo ya cuestionado.

El tercer lugar merece atención, porque sin estructura ni recursos comparables, captó un porcentaje significativo del voto joven y desencantado, segmento que será disputado en el balotaje.

En la Alcaldía, la pregunta fue: ¿quién gestiona la ciudad sin repetir errores? En la Gobernación: ¿quién lidera el proyecto regional ahora que el liderazgo anterior ya no está? Una se centró en la gestión; la otra en la identidad política. No es contradicción, es distinción.

La segunda vuelta no comienza donde terminó la primera

El error más común en un balotaje es tratarlo como una continuación de la primera vuelta; es decir, estamos con los mismos candidatos, la misma dinámica, la misma estrategia, este error puede costar muy caro. Cuando el campo se reduce a dos opciones, desaparece el voto testimonial, el voto de protesta disperso y la posibilidad de apoyar a alguien sabiendo que no va a ganar, porque cada voto no emitido por uno, en la práctica, beneficia al otro, cambiando completamente la matemática electoral.

Velasco necesita llegar al voto provincial y autonomista con presencia real, no solo física sino en su mensaje. Si no lo logra, será solo el candidato de la capital. Ritter necesita ganarse al votante urbano moderado, ese que busca señales de capacidad técnica antes que identificación simbólica.

Para ambos, la señal más reveladora será el equipo que presenten. Cada nombre propuesto para el gabinete será leído como promesa de gestión; si aparecen figuras recicladas, el mensaje de cambio se desinfla desde adentro. Lo mismo aplica a las alianzas pues no toda adhesión suma, dado que los acuerdos tienen que transmitir gobernabilidad, no reparto.

El votante busca identidad regional, capacidad de gestión y viabilidad política. La pregunta ya no es quién representa mejor una bandera, sino quién ofrece menos incertidumbre a la hora de gobernar.

Los tres casos lo confirman: la comunicación no es complemento de la política, sino parte fundamental de ella. Saavedra triunfó porque comunicó durante años antes de la campaña. Velasco se destacó con un lenguaje directo que llenó un vacío. Ritter llegó segundo porque su autenticidad conectó con quienes buscaban una figura creíble tras el ciclo anterior. En la segunda vuelta, la gente no solo evalúa propuestas; observa cómo se comporta cada candidato bajo presión y si sus promesas son realmente ejecutables. El balotaje definirá qué tipo de credibilidad resulta más convincente en este momento de agotamiento político y renovación.

(*) El autor es analista del Observatorio de Coyuntura y Asuntos Internacionales de Utepsa

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