En la política, perder con estrategia es un tropiezo; perder sin ella es un suicidio en cámara lenta y con transmisión en vivo. El proceso electoral boliviano de este año no será un concurso de discursos reciclados y sonrisas forzadas. Será un campo de batalla donde solo quedarán en pie los que comprendan que la política no es un rezo colectivo, sino una partida de póker donde se gana con astucia, no con fe. No gana el que grita más fuerte, ni el que llena más plazas, sino el que sabe jugar con bisturí en una mano y una daga en la otra.
Creer que se puede ganar sin estrategia es como pensar que un cirujano puede operar con buenas intenciones y pulso tembloroso. Una estrategia política no es un acto de fe ni un golpe de suerte; es el resultado de un trabajo meticuloso realizado por profesionales que saben de lo que hablan. Nace de una investigación seria, de datos fríos y crudos que revelan verdades incómodas. Una estrategia sin investigación es un salto al vacío con los ojos vendados, un show de charlatanes que confunden la política con el esoterismo. Una campaña sin estrategia es como lanzarse a la selva con una linterna descargada y la vaga esperanza de que los depredadores sean veganos. No es casualidad que tantos candidatos terminen con la moral triturada y sus sueños enterrados bajo el peso de su propia ineptitud: confundieron la inspiración con la preparación.
Sin ella, un candidato es un marinero sin brújula, un boxeador sin defensa, un general sin mapa. Y en Bolivia, los cadáveres políticos de quienes subestimaron este arte se apilan en cada elección.
Los actores: ¿genios o kamikazes? Dentro de la estrategia hay piezas clave que definen el juego: las metas, el terreno, los targets, el mensaje, los medios más efectivos y, por supuesto, los actores. Hoy nos enfocaremos en estos últimos. Conocer a los actores no es opcional, es vital. Saber si lo conocen, si lo aprecian, si lo rechazan, si le creen. Es el equivalente a estudiar a los rivales antes de una pelea de boxeo: ¿tienen pegada o son puro aspaviento? ¿Son figuras de respeto o caricaturas de la política? ¿Tienen esqueletos en el armario o directamente una morgue entera?
Aquí no gana el más virtuoso, sino el que mejor juega con la percepción a partir de información estratégica. La historia está llena de políticos corruptos adorados por el pueblo y de santos que no lograron mover un solo voto. ¿Por qué? Porque la política es teatro, y el público no siempre quiere la verdad; a veces solo quiere una buena historia; por eso es tan importante conocer las percepciones.
Desde mediados de 2024, la carrera electoral se ha lanzado con toda su maquinaria. Algunos precandidatos han armado estrategias quirúrgicas, otros han optado por la fe ciega, y unos cuantos parecen confiar en que la Virgen de Urkupiña les haga la campaña. Spoiler: la Virgen no vota.
La gente, con razón, asume que los políticos solo cuidan sus propios intereses. Sin embargo, ciertos precandidatos parecen creer que el cinismo tiene carta blanca. Se han rodeado de exparlamentarios expulsados de sus propios partidos, de figuras que llevan la palabra "traición tatuada en la frente, en una jugada que grita el fin justifica los medios".
La pregunta es: ¿realmente creen que nadie lo nota? ¿O confían en que el votante tiene memoria de pez? La respuesta es un misterio, pero lo que es seguro es que esta estrategia es un arma de doble filo. La sed de cambio en Bolivia es feroz, pero como no hay figuras frescas, los candidatos tienen que mostrarse “diferentes”. Algunos, sin embargo, han optado por el suicidio estratégico: vender la renovación mientras se abrazan y hacen alianzas con la vieja guardia.
Hay campañas que invierten millones en esconder su vinculación con el pasado, y hay otras que, por alguna razón incomprensible, deciden hacer desfiles con él. Si los candidatos son el futuro, ¿por qué tienen a ex parlamentarios y dirigentes desprestigiados como voceros y a ex ministros como padrinos de campaña? ¿De verdad creen que la gente no los ve?
Por si esto fuera poco, algunos personajes que encarnan la aristocracia boliviana han decidido regalarle municiones al MAS. En actos de campaña, han dejado escapar frases que suenan como si estuvieran añorando la época de las haciendas y los sirvientes. Han abierto la boca y, sin darse cuenta, han activado la máquina del tiempo hacia la Bolivia colonial.
¿Qué han logrado? Que el masismo, que en muchos frentes estaba desgastado, reciba oxígeno fresco para seguir en la contienda. En política, no solo importa qué se dice, sino quién lo dice. Y si el mensaje de progreso lo pronuncia alguien que huele a privilegio añejo, la reacción es predecible.
La política es percepción, y en este juego, el descuido se paga con la muerte electoral. Algunos parecen decididos a dispararse en el pie y luego preguntarse por qué no pueden correr.