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El pueblo no vota por siglas, vota por quien lo representa: una lección olvidada por la oposición

Viernes, 23 de mayo de 2025 a las 00:00

Mientras en redes sociales llueven críticas contra las distintas facciones del MAS, que aparecen estratégicamente divididas y enfrentadas, la oposición continúa extraviada, carente de dirección, sin una propuesta de país que responda a la compleja realidad de Bolivia. Lo que se presenta en su lugar es una proliferación de candidaturas sin sustancia, réplicas del viejo pensamiento monocultural que durante décadas negó la existencia del otro: del indígena, del campesino, del obrero, del pueblo de las tierras profundas. Para esa visión elitista, el poncho, la ojota y la wiphala representan atraso; su ideal de nación excluye toda diferencia.


La oposición, lejos de construir una alternativa coherente y con visión de país, se ha fragmentado en un conjunto de siglas vacías y candidaturas improvisadas. No existe una propuesta de Estado que enfrente de raíz las desigualdades estructurales ni que recupere el sentido social y plurinacional de la Constitución. En lugar de articular un proyecto colectivo que represente a la Bolivia diversa, se han dedicado a disputas internas, al posicionamiento mediático y al oportunismo electoral.


Este análisis tampoco pretende idealizar al masismo ni invisibilizar su profunda crisis. El Movimiento al Socialismo nació como un instrumento político por la soberanía de los pueblos, y gracias a la lucha social, articuló el proceso constituyente más participativo de la historia. Pero en el camino, se olvidó de su esencia, convirtiendo el instrumento en un mecanismo de concentración de poder y cooptación institucional.


La fragmentación actual del MAS en partidos como Morena, el que postula a Andrónico Rodríguez, y el MAS oficialista, no es más que una estrategia para mantener el control del poder legislativo, y llegado el momento, aprobar o bloquear leyes según los intereses del bloque. La experiencia lo demuestra: durante la Asamblea Constituyente, muchos de los cuadros más leales a Evo Morales ingresaron como candidatos de otros partidos, particularmente en Cochabamba, pero una vez dentro, actuaron disciplinadamente en función del líder y no del mandato del pueblo que los eligió.


Más allá de esta crítica, hay que reconocer que el proceso constituyente dejó mandatos claros a todos los niveles de gobierno: garantizar el derecho de los niños a una educación digna, a escuelas en condiciones adecuadas, a una alimentación escolar, y a medios de transporte seguros que eviten riesgos como los abusos a niñas. Mandatos también en favor de las mujeres, para que accedan al poder real y transformen políticas públicas desde su experiencia, estudiantes universitarios que acceden a universidades públicas sin pagar matrícula, hijos reconocidos por filiación sin discriminación, madres gestantes que acceden a atención prenatal gratuita.   Haciendo estos avances concretos en el marco de la Constitución Política del Estado que llegan como derechos adquiridos hasta el último rincón de Bolivia.


Pero todo esto no es una concesión de ningún caudillo. No es un regalo de Evo Morales ni de ningún líder de turno. Es el resultado de la lucha histórica del pueblo boliviano, de sus demandas colectivas, de su presión organizada y de un mandato constitucional que obliga a gobernar con inclusión y justicia social.
Por eso, el pueblo de la Bolivia profunda —el que ha aprendido a conquistar derechos— sabe distinguir a quién le conviene dar su voto, y al final, optará por quien represente sus intereses reales, no por quien grite más fuerte en campaña.


No podemos olvidar que el MAS, ya en el poder, traicionó principios fundacionales: negociaron - en el Congreso la Constitución aprobada por las y los Constituyentes en Oruro- con la oposición (PODEMOS y otros) que la reversión de tierras no sea retroactiva; profundizaron un modelo extractivista depredador; cooptaron a opositores procesados por corrupción; y callaron ante los abusos más aberrantes. Ejemplo doloroso de ello es la no aprobación en Diputados de la ley que convierte el delito de estupro en violación, pese a haber sido aprobada en el Senado. ¿Qué proceso de cambio es ese que no defiende ni a las niñas?


Por eso, hoy no se trata solo de juzgar al MAS o a la oposición. Se trata de mirar con honestidad quién realmente representa los mandatos del pueblo, quién defiende la Constitución no como adorno, sino como instrumento de transformación.

Porque al final, la única pregunta que importa es:
¿Quién tiene hoy la cara del pueblo?
 

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