Se llama milennials a los nacidos entre 1982 a 1994 y son parte de las generaciones de nativos digitales con las que todos hemos ingresado en la era de la Inteligencia Artificial. En estos días de la segunda (¿o tercera?) ofensiva final del MAS opositor, encarnada en la marcha que partió de Caracollo, un pequeño grupo de políticos milennials se asoma la posibilidad de ocupar un sitio central en los acontecimientos.
El que tiene mayores oportunidades -igual que insondables amenazas- es el presidente del Senado. Demasiado parco, para algunos, o taimado para otros, juega su más difícil carta en un momento complicado en exceso. Empujado al ruedo por su actual mentor, ha aparecido en primera fila del inicio de la marcha que, de Caracollo a La Paz, tendría que llevarlo a conducir el país, si se cumplen los deseos y vaticinios de Morales Ayma, quien ya lo ha expuesto como remplazante legal, si consigue que Arce y su vice renuncien, aplastados por la crisis y con ayuda de la marcha.
Pero, mostrando la vena de la concentrada dosis de ambición y habilidad que lo ha llevado de ser cabeza de la marcha cocalera que enfrentó al gobierno interino de 2019 hasta el sitial que ocupa en la jerarquía del estado, ha declarado con énfasis que no sería parte del plan de Morales Ayma, a quien reitera su adhesión, pero buscando tomar una distancia perceptible y un espacio propio. Esto reitera la fórmula que le ha permitido lograr entendimientos con los grupos parlamentarios no masistas, construyendo un discreto, pero claro perfil dialoguista y moderado.
Encima, el presidente del Senado comparte limitaciones de formación y visión de otros dirigentes jóvenes del MAS que simplemente no aparecen ni se pronuncian sobre problemas esenciales del país, como los ya crónicos y descomunales incendios, que solo este año ya superan las cinco millones de hectáreas, calcinando más de 400 millones de árboles y 10 millones de animales.
Jóvenes, pero ajenos al sentir de la sociedad, como el ministro de Gobierno, más empeñado en promocionarse como candidato de reemplazo del actual presidente del Estado que en cumplir sus obligaciones deenfrentar y poniendo fin a la acción de comandos civiles y milicias armadas que hoy impiden a bomberos y personal de salud ingresar al área de incendios del Bajo Paraguá.
La falsa tregua ambiental declarada por el Gobierno no abroga las leyes incendiarias que Evo lanzó, diciendo que son indispensables para la agricultura, omitiendo que en el Chapare no hay fuegos ni incendios. Una pausa ambiental verdadera debe obligar a que la tierra quemada no será utilizada económicamente, al menos por veinte años, e imponiendo la reversión, cuando los propietarios sean probados causantes del fuego, junto al cese de cualquier nueva licencia o título en ella.
Muy jóvenes, o nada jóvenes, con jerarquía o sin ella, tenemos que actuar para impedir que la mezquindad de la dirigencia política y económica, en su sentido más amplio, nos arrastre por su letal trayectoria.