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¿Cuántos más tienen que morir para que reaccionemos?

Martes, 26 de agosto de 2025 a las 00:00

Bolivia se convierte en un espacio sangriento. Otra vez. Esta semana, dos jóvenes fueron acribillados con más de una decena de disparos. Setenta proyectiles. disparos que no solo atravesaron un vehículo y dos cuerpos, sino también la conciencia ya adormecida de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado, anestesiada por la normalización de la violencia, la ambición desmedida y el silencio cómplice frente a los actos ilícitos: corrupción, estafas, secuestros y narcotráfico.


¿Dónde está la indignación? ¿Hasta cuándo vamos a seguir enterrando jóvenes mientras hablamos de "oportunidades fáciles" sin cuestionar de dónde proviene ese dinero? ¿Cuándo entenderemos que el crimen no es un camino, sino una condena disfrazada?
 

Lo que estamos viviendo es el resultado de una cadena de errores silenciosos del “sistema degradado” que comienza en casa. Una crianza permisiva, que confunde amor con indulgencia, que sustituye esfuerzo por comodidad y que entrega lujos en lugar de principios. Hijos siguiendo el ejemplo de la corrupción institucionalizada en todas sus formas, que nunca aprenden a esforzarse, a postergar gratificaciones, a decir “no”, terminan creyendo que todo es fácil. Y lo fácil, en este país y en este contexto, termina con tiros, con lágrimas, con entierros.


Es hora de decirlo con todas sus letras: la culpa no es solo de quienes jalan el gatillo, sino también de quienes educan sin valores morales, en la comodidad sin responsabilidad, de quienes permiten que sus hijos crean que la vida es una escalera sin esfuerzo ni ética.


Todo acto ilícito: la corrupción, el crimen organizado. el narcotráfico no es solo un problema de las fronteras o de las fuerzas del orden: es un cáncer que se alimenta también en nuestras salas, en nuestras decisiones cotidianas, en la manera en que formamos o dejamos de formar a las nuevas generaciones.


Estos jóvenes que murieron no nacieron criminales. Fueron niños, hijos, estudiantes… hasta que alguien —la familia, la escuela, la comunidad— dejó de guiar, dejó de poner límites, dejó de enseñar que el trabajo honesto, aunque más lento, siempre será el único camino digno.


Bolivianos: esto no puede seguir así. El silencio nos hace cómplices. La indiferencia nos condena. No podemos seguir aceptando que lo ilícito sea aspiracional, que el dinero rápido valga más que la vida. Urge recuperar los valores, la disciplina, la honestidad como cimientos innegociables.


Porque un hijo puede perdonarnos no haberle dado riqueza. Pero jamás nos perdonará haberlo dejado sin principios, sin rumbo y, finalmente, sin vida.
 

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