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El correo de las 6:47

Miércoles, 08 de abril de 2026 a las 04:00

Hay historias que no hacen ruido… pero cambian todo. Un sábado cualquiera, 6:47 de la mañana. Miles de empleados abren su correo y, sin previo aviso, dejan de pertenecer a la empresa donde trabajaban. No hubo reunión, no hubo transición, no hubo despedida. Solo un mensaje. Y listo. 

Ese mismo día, en otra parte del mundo, alguien vende su casa en cuestión de días usando inteligencia artificial, sin experiencia, sin intermediarios. Y, casi en paralelo, grandes corporaciones empiezan a recortar miles de empleos mientras el mercado… aplaude.

No es coincidencia. Es una señal.

Algo se está moviendo. Y lo está haciendo más rápido de lo que muchos quieren admitir.

Durante años nos enseñaron que la economía crecía sobre una base bastante clara: más personas trabajando, más producción, más ingresos. Una lógica casi intuitiva. Pero esa ecuación está cambiando… silenciosamente.

Hoy, una herramienta puede hacer en minutos lo que antes requería horas —o equipos completos—. Y cuando eso ocurre, alguien en algún directorio hace una pregunta incómoda: “¿realmente necesitamos a todos?”

La respuesta, cada vez más, es no.

Pero lo verdaderamente importante no es el despido en sí. Es lo que viene detrás.

Estamos pasando de una economía basada en horas humanas a una economía basada en sistemas, software e inteligencia artificial. Y eso tiene una implicancia profunda: el valor ya no está en hacer, sino en entender qué hacer.

Dicho más simple… ejecutar vale menos. Pensar vale más.

Y aquí es donde aparece una tensión que pocos están mirando con la suficiente seriedad.

Si las empresas comienzan a eliminar roles junior —porque la inteligencia artificial ya puede hacer gran parte de ese trabajo—, entonces estamos eliminando también la base sobre la cual se forman los futuros expertos.

Es como querer tener generales sin haber tenido soldados.

Durante décadas, el modelo fue claro: empezabas desde abajo, aprendías, te equivocabas, crecías. Hoy esa escalera se está acortando… o directamente desapareciendo. Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿quién va a tener el criterio en el futuro? Porque, y esto es clave, la inteligencia artificial no tiene criterio.

Puede escribir, analizar, proponer… pero no entiende. No juzga. No asume responsabilidad. Solo predice probabilidades basadas en datos pasados. El criterio —ese que separa una buena decisión de una mala— sigue siendo humano.

Y ahí está el punto.

Estamos reemplazando ejecución humana por automatización… pero al mismo tiempo estamos debilitando la formación del criterio humano que necesitamos para supervisar esa automatización.

Es una paradoja peligrosa.

Ahora bien, tampoco se trata de caer en el alarmismo fácil. No es el fin del trabajo. Pero sí es el fin de cierta forma de trabajar. Lo que viene no es un mundo sin empleo. Es un mundo donde el empleo se redefine.

La diferencia ya no será tanto entre junior y senior, sino entre quienes entienden cómo usar estas herramientas… y quienes no. Entre quienes saben qué pedir, qué validar, qué cuestionar… y quienes simplemente ejecutan.

En otras palabras, el valor se está desplazando hacia el criterio. Y eso tiene implicaciones muy concretas.

Las universidades que antes enseñaban a memorizar, hoy empiezan a volver —curiosamente— a enseñar a pensar. A leer en profundidad. A sostener la atención. A construir argumentos.

Porque en un mundo donde la información es abundante, lo escaso es la capacidad de interpretarla bien. Y eso no se automatiza tan fácilmente.

Entonces, más que preguntarnos si la inteligencia artificial nos va a reemplazar, quizás la pregunta correcta es otra: ¿Estamos desarrollando el tipo de habilidades que no pueden ser reemplazadas?

Porque la inteligencia artificial amplifica lo que ya eres. Si tienes criterio, te vuelve más potente. Si no lo tienes… lo deja en evidencia. Al final, todo esto no va de tecnología. Va de adaptación.

Va de entender que el cambio no es una amenaza lejana, sino algo que ya está ocurriendo —a veces, a las 6:47 de la mañana—. Y va, sobre todo, de una decisión personal. Seguir como estamos… o empezar a pensar un poco más en serio.

(*) El autor es máster en Economía y Finanzas, UCB

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