Las últimas horas de la campaña electoral se juegan entre cierres multitudinarios y una guerra sucia que sube de tono. Las redes sociales hierven con ataques, medias verdades y noticias falsas que buscan arañar votos en la recta final. Los candidatos recorren el país como si fueran maratonistas de última hora, intentando que la foto, el discurso o el aplauso final inclinen la balanza. El ambiente es eléctrico, pero también riesgoso: en la prisa, la ética suele ser la primera víctima.
Este jueves comienza el silencio electoral. Un respiro necesario para que los indecisos puedan reflexionar sin el ruido ensordecedor de la propaganda. No es un capricho legal, sino una garantía para que el resultado del 17 de agosto sea incuestionable, legal y legítimo. En ese lapso, la ciudadanía tiene la última palabra y la política debe dar un paso atrás para dejar que la democracia hable sin presiones. La serenidad de esos días es el único antídoto contra las decisiones apresuradas o manipuladas.
En esta campaña se pasó de cero a 50 debates. Una sobrecarga que dispersó la atención y restó profundidad. De esta experiencia queda una lección: mejor pocos encuentros, pero con sustancia y sin exclusiones arbitrarias. En el futuro, quienes organicen debates deberán pensar en todos los candidatos, no solo en los que consideran más “convenientes”. La democracia también se fortalece en la pluralidad de voces y en un contraste de ideas que no discrimine ni favorezca por cálculo político.