Las filas por diésel en el Norte Integrado cruceño ya no se miden por kilómetros, sino por días: más de 14 jornadas de espera para cientos de productores y transportistas que ven paralizadas sus actividades en plena zafra y siembra. En Saavedra, Minero, Aguaí o San Pedro, la escena se repite: tractores, camiones y turriles numerados ocupan las carreteras. Solo en la campaña de invierno de este año, la región sembró más de 382.000 hectáreas de soya, y se esperaban 800.000 toneladas de grano. En el caso de la caña, dejarla sin cortar o cortarla tarde implica pérdidas económicas irreversibles.
Los testimonios reflejan la impotencia de quienes viven de la tierra. Productores que necesitan al menos 1.500 litros de diésel para sus maquinarias; transportistas que llevan más de tres semanas sin poder cargar; y surtidores donde la dotación se ha vuelto una lotería marcada por papelitos y listas. En Aguaí y San Pedro, más de 1.000 turriles esperan turno. La escasez es tal que muchos optan por dormir en sus vehículos o dejar bidones numerados para no perder su lugar.
El daño al sector es inmenso. Las agroexportaciones cruceñas superaron los $us 2.600 millones en 2023, pero esa locomotora hoy se encuentra detenida. Frente a esta emergencia, el presidente de YPFB, Armin Dorgathen, ha pasado de las explicaciones vagas a una negación grosera de la realidad. No hay planificación, no hay transparencia, no hay respuestas. Solo hay excusas ante un país que sí produce, que sí exporta y que sí exige soluciones concretas. ¿Hasta cuándo se puede sostener la producción nacional con diésel a cuentagotas?