Anciano solitario. Lo encontró en un parque de la zona este de Santa Cruz. El anciano estaba sin zapatos, solo y desorientado, apenas balbuceaba, no recordaba su nombre, tampoco sabía dónde vivía. Pasaba las 22:00 y como nadie apareció para buscarlo, ella decidió llevarlo a su casa. Lo alimentó, lo aseó y lo dejó descansar.
Por redes sociales, la mujer difundió la fotografía del abuelo hasta que dos días después un vecino lo reconoció y fue el nexo del encuentro entre este hombre y sus familiares. Una de las hijas comentó que don Jacinto sufre de Alzheimer y que no es la primera vez que sale de casa y se pierde. Prometieron cuidar mejor al octogenario.
Otro caso. En la plaza Las Gramas, zona de la Av. Virgen de Luján, vecinos encontraron a Florencio Ramos solo y desorientado. Le dieron ropa y alimento, y llamaron a la prensa para que difundieran su caso. Horas después aparecieron los familiares. Contaron que el hombre sufre de demencia y que suele escaparse de casa.
En la Ceja, El Alto, otro hombre de la tercera edad fue rescatado por bomberos tras la llamada de vecinos que vieron al hombre golpeado hace cuatro días y sin recibir atención. Él recuerda su nombre y el de sus hijos, pero como nadie acudió en su búsqueda, terminó viviendo en las calles.
Estas historias reflejan el drama que viven muchos abuelos en Bolivia, donde faltan centros estatales de atención al adulto mayor y que sean accesibles para gente humilde. Pero me atrevo a decir que, en los hogares también falta más empatía, consideración y amor por estas personas que en sus años mozos formaron familia y con trabajo aportaron al desarrollo del país.