Una nueva epidemia invade Bolivia. No se asuste, no es una enfermedad que afecte a la salud. Aunque, pensándolo bien, es un tema que nos debería preocupar a todos. La fiebre por las encuestas se ha propagado entre la clase política de manera alarmante. Unos y otros apelan a la tan cuestionada encuesta para definir los designios del país, a pesar que no dudan en cuestionar los resultados cuando éstos no les son favorables. Es más, de un modo desvergonzado, gustan de maquillar estas encuestas como ejercicio democrático.
La efervescencia por las encuestas relega el verdadero valor democrático del consenso. En política, la clave del entendimiento nace del diálogo y se nutre del argumento y del desprendimiento. Llama la atención que quienes pretenden gobernar el país solo hayan logrado ponerse de acuerdo en cómo identificar al primero de ellos, el que figurará en la boleta electoral. Estos llamados líderes han evidenciado poca disposición para determinar el rumbo que debe asumir Bolivia para salir de una crisis que ahoga a miles y miles de compatriotas. Al menos, podrían haber incluido en sus encuestas algunas preguntas que orienten la futura gestión de Gobierno.
Más radical es la postura en la vereda azul (o verde). Enemigos ancestrales de las encuestas, en estos tiempos revueltos han desechado incluso la mística del ‘dedazo’, el sistema infalible que guio al MAS-IPSP durante sus buenos años y que, en la actualidad, es tan cuestionado como el propietario de tan funesto dedo. La democracia delegativa de la que hacen énfasis tanto en el Movimiento Al Socialismo (los azules) como en el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos- IPSP (los nuevos verdes) decide a sus futuros candidatos en sesudos congresos armados pomposamente y donde se deslizan, de milagrosa manera, la lista de los agraciados postulantes a lucirse en las boletas electorales.