Los líderes autoritarios y populistas del mundo suelen convertir su victoria en las urnas en una carta blanca para gobernar como si fueran monarcas. Interpretan que el pueblo los eligió para aplicar mano dura contra los sistemas democráticos, a los que consideran corruptos e ineficientes. Sin duda, estos sistemas tienen fallas, pero es extremadamente peligroso que un solo hombre pretenda hacer borrón y cuenta nueva con una institucionalidad democrática que, aunque imperfecta, cumple un propósito y responde a un equilibrio de poderes.
Donald Trump es un claro ejemplo de un presidente con ínfulas monárquicas. Junto a su aliado multimillonario Elon Musk—quien no es autoridad electa ni tiene aprobación del Congreso—está causando estragos en múltiples instituciones gubernamentales, incluidas agencias descentralizadas y programas especiales. A miles de servidores públicos se les ha instado a renunciar “voluntariamente” bajo amenaza de represalias. Mientras tanto, Musk accede a información reservada del Estado y desmantela programas humanitarios de la agencia de cooperación USAID.
La mayoría republicana en el Congreso respalda esta extralimitación de poder de su líder, incluso cuando eso significa debilitar su propia autoridad. En su afán de sumisión, los legisladores han aprobado designaciones clave para personas sin el perfil adecuado, pero con una lealtad inquebrantable a Trump. El último bastión de la institucionalidad democrática estadounidense parece ser la justicia, donde algunos jueces han logrado poner freno a ciertos atropellos del Ejecutivo. La gran incógnita es cuánto tiempo podrá resistir antes de sucumbir ante la presión del poder.