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Caminando en la cuerda floja

Miércoles, 18 de febrero de 2026 a las 04:00

Por Redacción

      

José Mateo Gambarte Flores | Comunicador Social

En mis tiempos de colegial, que yo los denomino “los años maravillosos” (porque no había computadoras, celulares, redes sociales, juegos en red, etc.) era absolutamente normal que maestras y maestros nos ordenaran salir al pizarrón a resolver algún ejercicio o escribir algún texto, además de exponer y explicar alguna temática. Era tan normal esto, que muchos ansiábamos salir al frente y, si algún compañero no sabía qué hacer frente al curso agarrando la tiza, no era el fin del mundo. Luego de un leve llamado de atención, el profesor explicaba el ejercicio para toda la clase. 
Claro está que en mis años maravillosos había más rigidez y autoridad en nuestros docentes y así, alguna maestra de matemáticas, al ver que no podíamos en la pizarra nos daba el reglazo en la cabeza o el palmetazo en las palmas de la mano. Fueron otros tiempos, ¿quizás mejores? También otro contexto, ¿quizás mejor? En fin, lo cierto es que aprendíamos, respetábamos a los maestros, a algunos con un poquito de temor, pero a la postre los valoramos, porque nos formaron positivamente. Y aquí seguimos, ya en la tercera edad y sin rencores a nuestras maestras y maestros, que ya deben estar en la gloria de Dios. En todo caso los recordamos en los valores que nos inculcaron, recordamos sus consejos y sonreímos acordándonos de los castigos, que a estas alturas, ya devinieron en anécdotas. 
Ahora vivimos otra realidad, ¿por qué?, ¿quién tiene la culpa?, ¿el avance tecnológico?, ¿la falta de espiritualidad?, ¿poca o nula práctica de valores y normas?
Me llamó la atención una última noticia. En La Paz una maestra será procesada y, quizás, suspendida sin goce de haberes por solamente ordenar o pedir  que una estudiante pase a la pizarra a resolver un ejercicio de matemática. De acuerdo al padre y los “psicólogos entendidos”, la maestra habría ejercido “violencia psicológica”. 
Realmente incomprensible, inaudito, sorprendente, excesivo, escandaloso, arbitrario... 
La denuncia, al parecer, se apoya en los Decretos 1302 y 1320 que, como todo decreto, son ambiguos, nada claros ni específicos. Vaya uno a saber qué “entendidos” los habrán redactado y qué “entendidos” los habrán firmado. 
Ya la letra del tango Cambalache del gran Julio Sosa en algunas partes nos dice: “que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”/ ” En el quinientos diez y en el dos mil también” / “… que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue… ” / “Lo mismo un burro que un gran profesor…” / “No hay aplazaos, qué va a haber, ni escalafón. Los inmorales nos han igualao…”.
Lo advirtió Julio Sosa y aquí estamos con una “generación de cristal” que no puede ser ni acariciada con el pétalo de una rosa, pues eso será agresión física. Y si son sorprendidos haciendo chanchullo en el examen (con la lógica y legal anulación) o invitados a salir al pizarrón, ¡Oh, Dios¡ , eso es violencia psicológica (¿?).
Los maestros y maestras tendrán que hacer de la vista gorda para no meterse en problemas y juicios. ¿Dónde quedará la disciplina?, ¿Dónde la puntualidad?, ¿y la responsabilidad? 
Un film de 1967 protagonizado por Sidney Poitier, encarnando a un ingeniero de raza negra que encuentra trabajo con estudiantes conflictivos de un arrabal londinense. En principio las estrategias tradicionales no le resultarán, pero con nuevos métodos logrará incorporar la moral, el respeto y la integridad.
En fin, siempre hubo estudiantes rebeldes y conflictivos. Hoy los conflictivos, malos y perversos parecen ser los maestros. ¿Será así?, ¿Tan malos se volvieron los docentes? ¿Son  necesarios decretos que los amordacen y los amarren de manos? ¿Por qué ya no se los respeta?, ¿son profesionales de quinta categoría?
El sentido común señala que hay que confiar, de buena fe, en el docentado boliviano dejándole la libertad y la propia iniciativa en su enseñanza. Ellas y ellos forman a las nuevas generaciones, dejemos que los formen como debe ser, como a nosotros nos formaron. El docentado merece respeto, merece consideración, buen trato y ¿por qué no?, un poco de cariño.

 

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