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Bolivia gana y se va al mundial

Martes, 31 de marzo de 2026 a las 04:00

El fútbol, en su esencia más pura, es un ejercicio de fe organizada. Cuando hoy decimos que Bolivia gana y se proyecta hacia un mundial, no estamos invocando un milagro deportivo, sino celebrando la culminación de un proceso de convicción. El marcador en la cancha frente a Irak es apenas el síntoma de algo mucho más profundo: es la capacidad de un país de reconocerse nuevamente, después de tres décadas, capaz de competir en las grandes ligas del mundo. Pero esta columna no es solo sobre fútbol; es sobre el otro “Mundial” que jugamos todos los días, aquel donde no se corre tras una pelota, sino tras el crecimiento económico, la apertura de mercados y la consolidación de nuestra reputación como el nodo logístico de Sudamérica; como una plataforma abierta, confiable y diseñada para atraer las inversiones que transformarán nuestro potencial en bienestar compartido.

Que hoy Bolivia e Irak se encuentren en una misma cancha, a miles de kilómetros de distancia y con historias tan distintas de cómo llegaron a ella, es el testimonio más potente de que tanto el deporte como el comercio son verdaderos lenguajes universales. Este partido nos recuerda que, en el siglo XXI, la geografía ya no es un destino inamovible, sino una oportunidad de conexión y de encuentro, donde países aparentemente lejanos dialogan como iguales bajo una premisa común; la búsqueda de la victoria.

Jugar contra el mundo, tanto en el césped como en el puerto, nos obliga a abandonar de una vez por todas la nostalgia del aislamiento. Bolivia no puede seguir siendo un espectador pasivo en las graderías de la economía global; tenemos el talento, el suelo y la energía para ser protagonistas de una historia que se escribe con cifras de exportación y acuerdos estratégicos. Creer en Bolivia no es un acto de romanticismo ciego; es un cálculo de alta precisión. Es entender que Bolivia bombea la vitalidad que el continente requiere y que nuestros empresarios son atletas de alto rendimiento sorteando obstáculos con la misma agilidad que un delantero gambetea a la defensa.

Para llegar a esa cita máxima, a la de la FIFA y a la de un país próspero, necesitamos al menos tres elementos: primero, una visión de campo que nos permita dejar de mirar nuestro propio ombligo para entender, finalmente, las cadenas globales de valor. Segundo, comprender que el éxito de una nación, al igual que el de un equipo que clasifica a la élite, reside en la armonía táctica; en el comercio, esto significa la armonía entre el sector público y el privado, una formación que no es opcional, sino la única que garantiza un crecimiento económico real que se traduzca en mejores oportunidades para cada familia. Y finalmente, la convicción de que no se llega a la cima con individualismos, sino con la disciplina institucional de quien sabe que su seguridad jurídica es su mejor defensa y su libertad económica es su mejor ataque.

Cuando el pitazo final suene hoy, debemos recordar que la victoria más importante es la que se gesta en la confianza recuperada. Si somos capaces de creer que podemos ir al Mundial, debemos ser igualmente capaces de proyectar nuestros productos para que conquisten las góndolas de Europa, Asia y América y que las inversiones lleguen de cualquier rincón del mundo.

Bolivia gana cuando decide que su destino no es la mediterraneidad mental, sino la conexión absoluta. Ir al mundial es mucho más que un viaje; es el derecho ganado de sentarse en la mesa de los grandes con la frente en alto. Hoy esperamos gritar goles, pero mañana, con esa misma pasión, salgamos a generar bienestar a través del trabajo y la fe en Bolivia, porque nuestro país ya está listo para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo; en la cancha y más allá de ella.

(*) El autor es presidente de CAINCO

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