En medio de un bicentenario amargo, con crisis profunda y una sociedad enfrentada, las campañas han mutado. La movilización callejera ya no conmueve y la política ha migrado al algoritmo.
“El medio es el mensaje”, escribió McLuhan. Hoy, ese mensaje ya no se grita en las plazas: se cuela entre pantallas, scrolls y emociones mínimas. En esta tiktocracia, quien no domina el feed, no existe.
Lo sorprendente es que incluso proyectos que se proclaman revolucionarios, como el de Andrónico, no logran articular una presencia digital con mística, potencia ni volumen. Desaparecen justo donde más se juega la conversación.
Durante años, se cultivó el mito de que Andrónico Rodríguez era el heredero natural de Evo Morales. Cocalero, de raíz popular y con una historia de superación admirable, fue proyectado como el cuadro joven del MAS: educado en Cuba, pulido en los foros del socialismo del siglo XXI. Una figura moldeada para resistir la tormenta y prometer continuidad.
Durante su presidencia en el Senado, se movió con sigilo entre dragones enfrentados, evitando herirse. Su perfil bajo no generaba anticuerpos. Su silencio lo mantuvo a salvo del desgaste de Arce y del desprestigio de Evo. Pero una hormiga que se sube a la espalda de un elefante no se convierte en un elefante.
Hasta ahí, el relato funcionaba. Pero todo mito contiene su grieta. Como diría Barthes, “el mito es una palabra robada y devuelta como sagrada”. En política, cuando el aura no se convierte en poder real, se evapora.
A dos semanas de la segunda vuelta, Andrónico no emociona. El momento le quedó grande. Cuando llegó la hora de morder, mostró que aún tiene dientes de leche. Su discurso no conecta con el dolor económico ni con el campo oscuro, casi instintivo, que atraviesa a una Bolivia fatigada. Se refugia en una narrativa defensiva: el miedo a perder conquistas sociales y a la exclusión del mundo popular en el nuevo Estado. Son banderas legítimas, pero hoy no alcanzan.
Su entorno, hábil para la confrontación discursiva, se muestra incapaz de decodificar la angustia social. Tienen verbo, pero no brújula. Son teóricos del conflicto, pero flojos para conectar nuevas emociones. Les falta ciencia, silencio y escucha. No investigan a fondo. Perdieron el mapa del voto blando y del voto posible.
Su quimera es el voto identitario. Pero cuando no hay pan en la mesa, la nostalgia pierde contra el hambre. Repetir que sacaron a tres millones de la pobreza ya no conmueve a quienes hoy no llegan a fin de mes. Esa épica del pasado ya no ordena el presente.
Nervioso y expuesto, Andrónico afirmó que Luis Fernando Camacho era un preso político. Fue corregido públicamente, como un alumno sin libreto. En los debates, no transmite seguridad. Y en política —como recuerda Lakoff— no importa tanto lo que se dice, sino lo que se activa emocionalmente.
Andrónico representa muchas cosas. Tiene una biografía que interpela. Ha rescatado cuadros valiosos del ala popular. Pero en este torneo, no basta con haber sido formado. Había que estar forjado. En vez de sumar, pierde respaldos simbólicos como el de la Futpoch. Y si la segunda vuelta se disputa entre Samuel y Tuto, el joven heredero deberá buscar su lugar en la oposición. Lo hará frente a Evo —el convulsionador más ácido que ha tenido Bolivia— y frente a una sociedad que podría recordarlo como el joven que prometía mucho, pero nunca logró sentarse en la mesa final.
Ahora bien: este traspié no significa que la corriente nacional-popular haya muerto. Está viva, votando —sí— por otras alternativas, empujada más por la urgencia que por la pertenencia, como ocurrió en el ’85 con Banzer. Ese universo, que ayer se emocionaba con la wiphala, hoy se desespera frente a la factura de luz. Y ahí está el verdadero desafío.
Algunos “estrategas” que nunca hicieron política de verdad creen que el electorado se entiende con filtros de Excel. Pero en Bolivia, lo popular no desaparece: se reacomoda, se repliega… y, cuando vuelve, lo hace con todo. Negarla es torpeza; repetir su negación, arrogancia.
El reto no es excluirla. El reto es volver a enamorarla.
* Waldemar Peralta es consultor político