Fue Yeshua ben Yusef —nuestro Jesús— quien nos anunció que “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8:23), pero fue Luis Espinal —nuestro Lucho— quien advirtió, dos mil años después, que “en el fondo, no creemos que la verdad nos hará libres”.
Lo dijo en la oración “Sinceridad” de sus “Oraciones a quemarropa” y lo justificó de inmediato al decirle a nuestro Jesús que “nos da miedo la verdad, para serte sinceros. La verdad nos pone en carne viva; delata nuestra cobardía; descubre nuestras tergiversaciones…”.
Este año, terminé de entender esta oración de nuestro Lucho y les hago esta confesión en Semana Santa.
Como siempre suelo decir, la historia está mal contada, porque la mandaron a escribir quienes querían imponer su versión de los hechos. Lo que se hace, ahora, es señalar los errores de la historia, con el fin de corregirlos, pero… ¡cómo cuesta!
Un caso paradigmático es el de la guerrillera Juana Asurdui (con “s” e “i”) que, cuando los historiadores advirtieron que no nació el 12 de julio de 1780, sino en enero de ese año, chocaron contra la oposición de muchos sucrenses. Uno de ellos es propietario de una radio influyente que motivó a concejales a decir que se promulgaría una ley municipal para que ya no se toque nada más de la historia de la heroína. ¡Una ley para obligar a mentir!
Y es que, por lo visto hasta ahora, la gente se siente muy cómoda con la mentira porque, como dijo nuestro Lucho, le tiene miedo a la verdad. Eso se puede ver mucho ahora, en las redes sociales, en las que las mentiras se multiplican rápidamente, pero sus desmentidos son lentos y a veces ni llegan.
Yo suelo chocar permanentemente contra los cultores de la mentira, especialmente los peruanos que roban nuestra cultura, pero jamás creí encontrar oposición a la verdad en un lugar que sentí tan mío como el colegio en el que estudié el bachillerato.
Este colegio es el Pichincha, que está conmemorando su bicentenario, al igual que el Sucre, de Cochabamba; el Junín, de Sucre; el Ayacucho de La Paz, y el Bolívar, de Oruro; pero, mientras estos no tienen problemas ni controversias con sus historias fundacionales, el potosino arrastra, desde 1895, la versión inventada en una tradición literaria de que su fundador fue su primer rector.
En 1968, un historiador, Mario Chacón Torres, ya advirtió el error, pero no le hicieron caso. Este año, por el bicentenario, presenté mi complemento al trabajo de Chacón, pero no solo me ignoraron, sino que, además, me cerraron las puertas en mi colegio. Y quienes lo hicieron fueron nada menos que los maestros de Ciencias Sociales. Les asusta la verdad y mi error fue ponérsela en frente.
No importa.
Si los que propugnamos la verdad nos callamos frente a los defensores de la mentira, estaríamos perdiendo una batalla sin pelear y esa es una cobardía peor. Por eso, y por razones que necesitan más espacio que esta columna, he puesto mi verdad en un libro y ahora está ahí, esperando que se lea mi interpretación y se analice las pruebas que he presentado.
Si los maestros de Ciencias Sociales se cierran a la verdad, hay que abrirles los ojos para que lean estas líneas de la oración que nuestro Lucho le dirigió al crucificado de Semana Santa:
“Danos el coraje de aceptar la verdad, aunque la diga un enemigo, aunque la diga un subordinado”.
Amén.
(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.