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El piso 24

Domingo, 02 de noviembre de 2025 a las 07:00

Por Redacción

Por Cecilia Lanza Lobo

 

Cuán poderosa tendrá que ser la “milluchada” que el nuevo gobierno tenga que hacer para espantar los vahos de casi dos década de orgía presidencial. Léase por orgía todo tipo de excesos, incluido el del sexo sin moderación. Pues sí, la ausencia de moderación de un funcionario público, el jefe de Estado, en oficinas públicas. Nada menos que en La casa grande del pueblo, la oficina sede del gobierno, piso 24, convertida por la administración del Movimiento al Socialismo en emblema, en síntesis de su comprensión de la función pública: un burdel. Un prostíbulo vital atravesado de “ausencias de moderación”, en el que se mezclaron y se transaron los más diversos asuntos en total promiscuidad con la cosa pública. Transacciones políticas y de bragueta en el kilómetro cero del país más inverosímil, en el que la medalla presidencial fue extraviada igualmente en puertas de un burdel (2018) durante el gobierno del MAS.

 

No vamos a ahondar en el mamarracho morboso de una suerte de documental pornopolítico del gobierno saliente. Simplemente quiero dejar sentadas dos cosas: el Piso 24 como metonimia del ejercicio del poder del MAS en su más profunda (penosa, desastrosa, inconcebible) degradación, y la complicidad de las “víctimas”. No hablo de posibles menores de edad y ese tipo de delitos que es probable que hayan sucedido en el lugar. Me refiero a aquellas aduladas presidenciales -luego caídas en desgracia- que, no, no fueron santas palomitas.

 

A continuación, el relato de aquel caso cara conocida que ilustra los modos prostibularios del evismo, cuyo pupilo al parecer quiso emular de muy mala manera. A estas alturas, se ha comprobado que el ministro estrella de su gabinete, sucesor en la silla presidencial, había sido el clásico opa vivo, de cintura para abajo. Un señor verdaderamente impresentable, habiloso para las más grandes tonterías, excepto la corrupción, que no es ninguna tontería.

 

El relato titula “Mi reina”. Y el personaje es, digamos, una joven y vivísima araña platinada en cuyo salivoso tejido, un día de esos cayó el macho alfa de una tribu que, dicho sea de paso, atravesaba un particular éxtasis revolucionario. Todavía no había Piso 24 y ni falta que hacía. El caso es que la araña quedó embarazada. El rock star de la tribu se hizo el k’asa. Mejor. Poco después, claro, nació la criatura y ¡oh, demonios! apareció. Nada que hacer. Haciendo ascos, el macho miró a la criatura que por aquella vieja revancha de los hijos “naturales” era idéntica al padre. Justicia divina. La arañita pidió clemencia y entonces el padre reconoció al niño. Hubo testigos y entonces se acordó una terrible condición, casi un pacto amoroso-político-cabrón: aquí no pasó nada. Amén.

 

El macho estaba en la cima del poder, se sentía más galán que ninguno y se hablaba de varios críos desparramados por ahí, cuyas madres, siempre jóvenes, reclamaban su paternidad, de modo que quedaba feo (si acaso) que el jefe fuese un afamado mal padre que andaba embarazando mocosas atontadas (chantajeadas) por el halo mandamás. Daba igual, el jefe desenvainaba y, a esas alturas, aquella rubia platinada era ya una araña encueratriz. Aspiraba, además, a viuda negra y a su paso iban cayendo moscardones. Uno de ellos ostentaba hormonas amazónicas. Ella tenía claro que los niños achacados abrían puertas. No estaba sola. Tenía consigo su propia banda de rock, un padre y un tío policías. Google es genial. Más lista que ninguna, la arañita armó un consorcio de empresarios chinos y cochinos que la ubicaron como ama de llaves del paraíso.  -¿Quieres audiencia con el ministro? Primero voy yo y plancho el camino. Antes, 70 mil verdes o nada. -Ok. El ministro dice que sí. Ahora es un par millones o nada. -Ok. Finalmente acude la banda de rock y se acuerda el millonario contrato por el bien del partido y del jefazo.

 

Así sucedió, ni más ni menos, con aquella rubia inolvidable que inauguró en 2016 el lento ocaso de un gobierno que comenzaba así a hacer visible su gangrena moral. Encuentre usted las siete diferencias con este morocho fin de ciclo.

 

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