Jean Pierre Antelo D. | Presidente de la CAINCO
Más allá de la definición de diccionario, que lo define como el acto de coincidir en un mismo punto, un encuentro puede ser una coincidencia en el tiempo, en las ideas y en el propósito.
A veces ocurrren momentos decisivos que no hacen ruido, pero que pesan y marcan un punto de inflexión. Cuando sectores que durante años caminaron por carriles separados se atreven a volver a encontrarse. Eso ocurrió en Santa Cruz. Un presidente electo y un país privado sentados en un mismo espacio, no para confrontar ni para imponer, no para demandar o acusar; sino para escucharse y reconocerse. En tiempos de fractura, eso ya es un acto político mayor.
Para comprender la dimensión de este momento hay que mirar hacia atrás. Durante más de dos décadas, el sector empresarial y productivo de Bolivia soportó decisiones que deterioraron la inversión, castigaron la formalidad, asfixiaron la iniciativa privada y sembraron desconfianza. No fue solo un daño económico. Fue un daño cultural; se instaló la idea de que el que invierte es sospechoso, el que produce es privilegiado, el que genera empleo es adversario. Y, sin embargo, Bolivia siguió de pie. Se siguió sembrando, exportando, innovando, generando empleo, incluso cuando las reglas cambiaban a mitad de camino.
Hoy esa herida no desaparece, pero se abre una posibilidad distinta. Este encuentro entre Estado y sector privado no significa coincidencia absoluta ni borrón del pasado, pero sí, la firme decisión de confiar en que es posible, arremangarse las mangas y construir futuro en vez de seguir administrando quejas. De pasar de la palabra demanda a la palabra coincidencia. De dejar de pedir certezas y empezar a generarlas desde la acción compartida.
¿Qué implica eso? Primero, comprender que el rol del Estado no es paternalista ni antagonista, sino habilitador. Un Estado que facilite, que libere el talento de su gente en lugar de limitarlo con trabas, permisos eternos o burocracia ideologizada. Que dé seguridad jurídica más allá del papel, que garantice reglas estables, que abra puertas al mundo en vez de cerrar fronteras al comercio o a la inversión. Que sepa que apostar por la empresa no es renunciar a la justicia social, sino garantizar que existan los recursos para construirla.
Detrás de cada empresario, emprendedor o productor que llenó ese salón hay mucho más que una razón económica. Hay familias que dependen de esos empleos, hay innovación que ocurre en silencio, hay jóvenes que deciden quedarse en su país porque alguien les dio una oportunidad. Esa es la dimensión humana de lo que llamamos sector privado. Y esa es la dimensión que hace imprescindible este nuevo pacto.
El 17 de agosto, Bolivia votó por un cambio de rumbo. Y en los últimos días, ese mandato comenzó a convertirse en acción. Porque creemos en Bolivia, porque sabemos que el talento de nuestra gente no se extinguió y que el orgullo de ser boliviano sigue intacto, aun después de los años más difíciles. Apostamos por un país que vuelva a creer en sí mismo, que transforme la resiliencia en crecimiento, el desencanto en proyectos, y la incertidumbre en certeza compartida.
Este primer encuentro no debe ser una fotografía para el archivo, sino el primer renglón de una nueva etapa. Si logramos que el diálogo se convierta en decisiones, que las decisiones se traduzcan en reglas claras y que esas reglas se sientan en la vida de la gente, entonces sí podremos hablar de un nuevo capítulo para Bolivia.
El futuro no sucede, se construye. Y el primer paso es encontrarse en un mismo propósito. Hoy lo hicimos. Ese propósito se llama Bolivia.