Gloria Ardaya
Hay países que parecen respirar entre dos tiempos. Bolivia es hoy uno de ellos: un cuerpo que aún no se acomoda a su nueva piel, una respiración que busca su propio ritmo.
. El vértigo del cambio político
Hay un momento en que la historia se detiene a escucharse. En Bolivia, ese momento llegó el 19 de octubre de 2025. Rodrigo Paz Pereira fue elegido presidente con algo más del 54% de los votos. Su victoria marcó el final de casi dos décadas del Movimiento al Socialismo (MAS), un ciclo político que moldeó no solo la economía y las instituciones, sino también la sensibilidad de todo un pueblo.
Las calles de La Paz amanecieron ese lunes con una mezcla de alivio, sospecha y cansancio. En los mercados, las conversaciones eran un rumor: “Dicen que ahora sí habrá gasolina… dicen que vendrá el cambio… dicen que será lo mismo.”
La palabra “cambio” —tan repetida, tan desgastada— parecía volver a su origen: una promesa vacía o un salto al vacío.
Y es que cada transformación política profunda tiene algo de angustia existencial. No se trata solo de un traspaso de poder, sino de un quiebre simbólico: el momento en que un país se mira al espejo y ya no se reconoce.
II. La angustia como espejo colectivo
Kierkegaard, aquel filósofo que pensaba caminando por las calles de Copenhague, decía que la angustia es el vértigo de la libertad. No es el miedo a perder algo, sino el temblor que sentimos ante la posibilidad de elegir.
Cuando la libertad aparece —brutal, sin instrucciones—, el alma humana se estremece. Es lo que le ocurre hoy a Bolivia. Por primera vez en años, se abre un horizonte donde lo que viene no está escrito.
Durante casi dos décadas, el país vivió bajo un relato total: el del héroe que redime, el del pueblo que recupera su dignidad, el del Estado que abraza a los olvidados. Pero todo mito, por más noble que sea, se agota en su propia repetición. Y cuando el mito se agota, sobreviene la angustia: ¿quiénes somos ahora que ya no creemos del todo en aquello que nos sostenía?
Esa pregunta —colectiva, muda, palpitante— flota en el aire. Se siente en la desconfianza hacia la política, en la crispación cotidiana, en la sensación de estar siempre al borde de algo.
Bolivia, más que una nación en crisis, parece un individuo que acaba de despertar de un largo sueño y no sabe aún si el nuevo día traerá claridad o niebla.
III. La libertad como peso
A veces pensamos que la libertad es liviana, pero Kierkegaard advertía lo contrario: la libertad pesa. Exige hacerse cargo del propio destino, sin refugiarse en la excusa de los otros.
Un pueblo libre no puede culpar eternamente al gobierno anterior, ni a la historia, ni a los fantasmas de su pasado.
La libertad implica asumir que cada decisión, incluso la más pequeña, define el tipo de país que queremos ser.
En Bolivia, esa responsabilidad se siente en el aire como una corriente nueva: en los jóvenes que migran, en los que se quedan, en los que buscan sentido en medio de la escasez.
No es casual que la palabra “esperanza” haya sido reemplazada por “incertidumbre”. Tal vez ese sea el primer paso hacia una madurez política y espiritual: reconocer que el futuro no se promete, se construye.
IV. Nietzsche y el fin de los viejos dioses
Friedrich Nietzsche escribió que “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Bolivia, hoy, se asoma al suyo.
Durante años, el Estado fue el gran padre protector. Prometió justicia, inclusión, abundancia. Y, durante un tiempo, cumplió parte de esas promesas. Pero el Estado paternalista también infantiliza. Nos enseña a esperar que otros piensen, decidan, actúen por nosotros.
Nietzsche habría dicho que ese tiempo ha terminado: que ha llegado la hora del Übermensch, del ser que crea sus propios valores. Y ese “superhombre” no es un individuo altivo, sino una colectividad que decide pensar por sí misma.
Bolivia no necesita nuevos caudillos, sino ciudadanos que no teman el vacío. Porque cuando se desmoronan las certezas, solo queda una tarea: crear. Crear es un verbo peligroso. No garantiza éxito ni felicidad. Pero, como decía el propio Nietzsche, “el que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.
Tal vez el “porqué” de Bolivia esté todavía naciendo, tímido, entre el polvo y el ruido de la transición.
V. El alambre político y moral
El nuevo gobierno llega sin mayoría legislativa, con las finanzas en rojo y una sociedad dividida.
No basta con administrar la crisis: hay que imaginar otro horizonte.
El poder, cuando se reduce a la aritmética del Congreso o al equilibrio de los mercados, pierde su alma. Pero si se encierra en la moral abstracta, se vuelve inútil.
El verdadero desafío —político y ético— consiste en unir ambas dimensiones: construir un orden que no sacrifique la justicia en nombre de la estabilidad, ni la libertad en nombre del miedo.
Caminar sobre ese alambre es una tarea de funámbulos.
El pájaro del inicio —ese que se posó entre dos vientos— no vuela porque haya desaparecido el peligro: vuela porque lo acepta. Y al hacerlo, convierte el miedo en impulso.
VI. El país que podría ser
Quizá Bolivia no esté simplemente cambiando de gobierno, sino de pregunta.
Dejó de preguntarse “¿quién nos salvará?” para comenzar a decir “¿qué haremos ahora?”.
Esa diferencia, casi invisible, marca el paso de la infancia a la adultez política.
La angustia, en el fondo, no es un castigo: es la señal de que la conciencia se expande. Como el dolor del crecimiento, anuncia que algo nuevo está naciendo.
Y en medio de la escasez —de combustible, de certezas, de símbolos— puede que surja algo más valioso: una nueva forma de fe, no en los líderes, sino en la posibilidad misma del cambio interior.
VII. El futuro como salto
Bolivia, como todo ser humano, vive entre la nostalgia y la posibilidad. El pasado aún nos retiene con su sombra, y el futuro nos llama con su promesa.
La cuerda vibra. El vértigo es real.
Pero no hay salto sin temblor.
Y, quizá, ese temblor sea la prueba más luminosa de que todavía seguimos vivos.
Un país, como un humano, no se define por lo que posee, sino por la valentía de transformarse.
La angustia es un don en tiempos de incertidumbre: un llamado a mirar hacia dentro antes de mirar hacia arriba.
Bolivia está en el alambre, sí. Pero ese es precisamente el lugar donde comienzan todos los vuelos.