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Arce y su último acto de soberbia

Domingo, 26 de octubre de 2025 a las 04:00

      

L a decisión del presidente saliente Luis Arce de no asistir a la ceremonia de posesión de su sucesor, Rodrigo Paz, ha generado una corriente polémica. El mandatario justificó su ausencia argumentando que su presencia en el trascendente acto de referencia “no es necesaria”. Pero en la política, como en la vida, no siempre se trata de lo que es estrictamente necesario, sino de lo que es simbólicamente correcto.
En un país polarizado, cansado de la confrontación y urgido de reconciliación, la transmisión del mando presidencial es mucho más que un simple trámite protocolar. Es una oportunidad para mostrar madurez democrática, respeto institucional y, sobre todo, voluntad de cerrar ciclos de conflicto. Que Arce decida marginarse de ese momento no es un gesto menor, es un símbolo. Y no uno positivo. Como el de Jorge ‘Tuto’ Quiroga que, además de reconocer los resultados del balotaje, tiende puentes y ofrece apoyo para garantizar la gobernabilidad desde el Órgano Legislativo.
Hay quienes ven en la actitud de Arce el último acto de soberbia de un gobernante que, desde sus inicios, se mostró más preocupado por afianzar una narrativa de poder que por construir puentes con quienes piensan distinto. La figura del jefe de Estado, aunque menos incendiaria que la de Evo Morales, nunca logró escapar del molde del sectarismo político. Su discurso, muchas veces disfrazado de tecnocracia, se fue endureciendo con el tiempo, especialmente en la etapa final de su mandato, marcada por crisis internas, las divisiones en el masismo y un desgaste creciente de legitimidad.
Negarse a participar en la investidura de Rodrigo Paz no es solo una descortesía institucional; es una señal de que el MAS, o al menos su ala más radical, no está dispuesto a aceptar la alternancia con humildad ni a reconocer que el país votó por un cambio. El mensaje que se transmite es claro: si no gobernamos nosotros, no reconocemos al otro como legítimo.
Pero el momento actual exige exactamente lo contrario. Bolivia atraviesa una etapa crítica: la economía se tambalea, el tejido social está erosionado, y la confianza en las instituciones está en su punto más bajo. Para salir de ese pozo, como bien lo reconocen incluso voces moderadas de distintas tendencias, se necesita reconstruir consensos básicos. La presencia del presidente saliente en el acto de transmisión de mando era una ocasión ideal para enviar un mensaje de respeto, cerrar con dignidad su ciclo y abrir paso a una nueva etapa con altura.
Lo que hace Arce, en cambio, es perpetuar una lógica de enemistad que ha hecho daño al país durante más de dos décadas. Y si bien es cierto que un gesto no soluciona los problemas estructurales de Bolivia, también lo es que los gestos importan. En política, los símbolos construyen realidades. Un apretón de manos, una presencia silenciosa en un acto solemne, una palabra de reconocimiento, pueden valer más que un discurso entero. En ese sentido, la ausencia de Arce no ayuda. Al contrario, refuerza la idea de que una parte del país seguirá apostando por la confrontación.
La democracia no solo se construye en los momentos de triunfo, sino también en los de retirada. Saber salir, ceder, reconocer al otro, son pruebas de grandeza que, lamentablemente, Luis Arce ha decidido no rendir. Su legado, ya empañado por una gestión marcada por la parálisis, la división interna del MAS y una desconexión con las demandas sociales, se cierra así con un gesto que lo retrata de cuerpo entero: más preocupado por su orgullo que por el bienestar del país.
Bolivia necesita sanar. Necesita líderes que piensen y actúen más allá de sus filas partidarias, que entiendan que el poder no es un derecho eterno sino una responsabilidad transitoria. En ese contexto, la silla vacía de Arce en el acto de posesión de Paz no es un simple detalle. Simboliza lo que los bolivianos buscamos y debemos dejar definitivamente atrás.

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