Sin haber asumido aún el mando, el presidente electo Rodrigo Paz ya ha dado señales claras de que imprimirá un giro profundo en las relaciones exteriores de Bolivia. Su propuesta marca un quiebre con el enfoque ideológico que caracterizó la era del MAS, para sustituirlo por una política pragmática, basada en la colaboración, la transparencia y el beneficio mutuo entre naciones.
Durante la campaña, Paz ya había abierto ese camino con una visita a Estados Unidos, donde buscó acercamiento no solo con organismos de financiamiento, sino también con representantes del gobierno norteamericano. Ese gesto simbolizó un distanciamiento del discurso antiimperialista que marcó la diplomacia masista, una retórica que no solo congeló las relaciones bilaterales, sino que llevó a la expulsión del embajador estadounidense y de la cooperación técnica que resultaba vital para sectores como la industria textil y la producción agropecuaria. También se expulsó a la DEA bajo el argumento de soberanía nacional, ignorando el efecto real de esa decisión en el avance del narcotráfico, uno de los pilares ocultos del poder del MAS.
Rodrigo Paz, en cambio, ha reconocido con madurez la necesidad de financiamiento externo y de una lucha conjunta contra el crimen organizado y el narcotráfico, problemas que hoy operan de forma transnacional. Su planteamiento no implica una renuncia a la soberanía, sino una comprensión realista de que los desafíos globales exigen alianzas globales.
Otro ámbito en el que se anticipan cambios es la relación con Chile, deteriorada por años de retórica nacionalista y oportunismo político. La actitud patriotera terminó afectando tanto las oportunidades comerciales como la causa marítima. Paz ha anunciado un “reset” en los vínculos bilaterales, sin prometer aún la restitución de embajadores, pero con una clara intención de reencauzar las relaciones sobre bases de respeto y beneficio mutuo.
El nuevo enfoque diplomático apunta a una política exterior pragmática, con transparencia en los acuerdos comerciales y cooperación efectiva en temas como seguridad fronteriza, turismo, integración vial y alianzas con países democráticos.
Las señales internacionales no se han hecho esperar. Varios gobiernos han felicitado a Bolivia por esta transición democrática, y figuras como Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, destacaron la disposición del nuevo gobierno a dejar atrás la hostilidad del pasado y a construir una nueva etapa de cooperación.
Con ello parece llegar a su fin la llamada “diplomacia de los pueblos”, una política exterior que fracasó incluso en sus propósitos declarativos. En la práctica, estuvo en manos de personas sin carrera diplomática ni experiencia, elegidas por afinidad política. Algunas designaciones incluso generaron rechazo, como el caso de Lidia Patty en Perú. Además, se priorizaron relaciones con regímenes autoritarios ideológicamente afines —Venezuela, Nicaragua, Cuba e Irán—, con los cuales Bolivia tiene poca complementariedad económica o estratégica.
El nuevo gobierno tiene la oportunidad de revalorizar la carrera diplomática, profesionalizar el servicio exterior y restituir el liderazgo del Ministerio de Relaciones Exteriores, pieza clave para el dinamismo del comercio exterior, la atracción de inversiones, la cooperación internacional y la proyección de confianza ante el mundo.
Una nueva mirada hacia el exterior será determinante para la recuperación económica, la seguridad nacional y la reconstrucción de la imagen internacional de Bolivia. Es momento de abrir una etapa de diplomacia madura, eficiente y constructiva, orientada al desarrollo y no al dogma.