El 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos sufrió el mayor atentado terrorista de su historia, cuando el grupo extremista Al-Qaeda secuestró cuatro aviones comerciales y los utilizó como armas contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington. El ataque, que dejó cerca de 3.000 muertos y más de 25.000 heridos, marcó un antes y un después.
Según la investigación del FBI y el reporte oficial del Miller Center, el primer ataque terrorista contra las torres se dio a las 8:46 de la mañana; el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center. El segundo ataque fue ocasionado 17 minutos después; el vuelo 175 de United Airlines impactó contra la torre sur, una ofensiva lamentable que paralizó al mundo entero. En menos de dos horas, ambas torres colapsaron dejando una nube de escombros, fuego y desesperación.
Mientras tanto, en Washington, el vuelo 77 de American Airlines se estrelló contra el Pentágono, causando la muerte de 189 personas. Un cuarto avión, el vuelo 93 de United Airlines, tenía como objetivo la capital estadounidense, pero los pasajeros enfrentaron a los secuestradores y evitaron una tragedia aún mayor; la aeronave terminó cayendo en un campo de Pensilvania, en dónde perdieron la vida más de 40 personas.
Fue un acontecimiento que conmocionó y aterrorizó a la población ya que los atentados ocurrieron en la ciudad más concurrida del país, en un día laboral ajetreado. Los atentados fueron capturados casi todos en el momento exacto en que ocurrían por medios televisivos, asegurando que millones de estadounidenses vieran la tragedia.
Los atentados no solo destruyeron los edificios más emblemáticos de Nueva York —las Torres Gemelas de 110 pisos y más de 415 metros de altura cada una—, sino que también golpearon la seguridad global. Desde entonces, la política internacional cambió drásticamente, con la llamada “guerra contra el terrorismo” encabezada por Estados Unidos y la intensificación de controles en aeropuertos y fronteras en todo el planeta.