El Oriente boliviano es rico en muchas cosas, empezando por la imaginación y las mentes fantasiosas de su gente, que con motivo fundado o también sin razón aparente, podían dar a luz toda clase de relatos que eran las delicias de los niños, sentados alrededor de un relator de turno, que muchas veces solían ser las abuelas.
Antes de que aparecieran personajes de serie, telenovelas o héroes de saga del cine, la muchachada se entretenía escuchando sobre ‘La viudita’, ‘el carretón de la otra vida’, ‘el duende’, ‘el guajojó’, ‘el jichi’ y ‘el mojón con cara’. No importaba cuántas veces se había escuchado el relato, siempre era satisfactorio esperar a que se haga de noche, mejor si era de sur y chilchi, y con ese acompañamiento se podía recrear alguna de las aventuras de estos dizque personajes de terror.
Como en este continente moreno compartimos muchas cosas en común, la historia de una mujer vestida de negro, que se lleva a los tunantes de mala fe, es una de ellas. Aparece solo después de la medianoche y nadie nunca pudo verle la cara. Solo que la nuestra no es tan macabra como ‘La viuda’ de otros lados, aquí es una ‘Viudita’, que nunca se llevó al otro mundo a los tunantes, solo les dio un susto como lección para que abandonen la mala costumbre de emborracharse y de caer en la tentación de buscar amores urgidos y furtivos.
El único mal que les hizo fue llevárselos a las afueras del pueblo -las soledades del Tao, el islerío de la pampa del Lazareto y La Poza de las Antas-, en donde amanecieron en medio de barriales o de matorrales de pica pica (¡tremendo castigo!).
La viudita. Siempre de negro, con el rostro cubierto por un mantón, pero con escote marcado, deambulaba por las calles.
Bultos que siguen activos
En pleno siglo XXI, persisten en Santa Cruz casonas antiguas de los siglos XVIII y XIX, y con ellas, sus historias de fantasmas.
La mayoría de estas son ahora sede de instituciones culturales y no están exentas de bultos. Donde hay un grupito constituido es en El Altillo Beni, sobre la calle del mismo nombre, a media cuadra del Concejo Municipal.
No hay uno ni dos, son varios, así da fe el antropólogo Mario Arrien, que oficia de guía de varios circuitos gratuitos que ofrece la Secretaría Municipal de Cultura y Turismo.
En el primer patio de la casona apunta con el dedo para mostrar de dónde provienen ruidos de portazos y hasta gritos. Los funcionarios que trabajan ahí ya saben que al atardecer, cuando es hora de cerrar, empiezan los ruidos y la actividad paranormal.
Los guardias de seguridad también dan fe de que se escucha que alguien corre en el segundo piso y creen que se trata de un niño que murió ahogado en la noria.
Como para completar la teoría de que efectivamente, ahí hay fantasmas, durante la restauración, en 2011, en una de las habitaciones que hoy funciona como sala de exposición, en el ala vieja, se descubrieron restos humanos, que estaban a una profundidad no mayor a los 50 centímetros.
Los tuvieron que exhumar con acompañamiento de un sacerdote y cuentan que ni sus antiguos propietarios estaban al tanto de tal entierro, por lo que fue toda una revelación.
Otro lugar del que no quedó duda sobre la actividad paranormal que ahí se generaba, fue La casa santa, que allá por el 1900 y poco más, ubicada en la zona del ahora mercado Los Pozos, se encontraba en lo que se consideraba las afueras del pueblo.
Su fama de que la habitaban fantasmas ya había corrido, pero no faltó el incauto que cayó arrendándola, se trataba de un extranjero arqueólogo, Sir Percy Fawcett, un destacado coronel británico, que tenía amplios conocimientos en cartografía y topografía; que vino a Bolivia a encargo de la Royal Geographical Society para hacer un estudio sobre los límites amazónicos entre Bolivia y Brasil. Su fama y conocimientos no pudieron con la casa, la tuvo que abandonar lleno de pavor. Acto seguido le hicieron un exorcismo y desde entonces cesaron los fantasmas, al punto de que la casa se volvió santa.
Otras casas con bultos
Casa de gobierno. Los funcionarios dicen que hay un fantasma al que le dicen ‘La choca’, que se aparece en el primer piso.
Casa Melchor Pinto. Data de 1937 y ha sido remozada para ser centro cultural y café. Más de un mesero ha renunciado acobardado por las travesuras fantasmales.