La miniserie de Netflix se presenta como una intriga policial alrededor del homicidio de una joven, pero se convierte en una crónica del mundo de los adolescentes
Sin bombos ni platillos, sin anuncios que avisaran de qué se trataría y cuándo se estrenaría, la serie "Adolescencia apareció entre las opciones para ver en Netflix hace apenas algunos días. No tardó en escalar en el ranking y convertirse en una de las más vistas en todo el mundo. Tampoco tardó en llamar la atención de críticos, sorprendidos por la crudeza de la historia que cuenta, y de cómo la muestra y, también, por las decisiones técnicas que tomaron los realizadores: los cuatro capítulos de Adolescencia son, cada uno, un larguísimo plano secuencia que no da respiro. Quien tenga un adolescente cerca sabe que las puertas de las habitaciones se cierran, que la conversación vía redes sociales queda en un punto ciego para los adultos, que algo de la construcción de ese mundo privado es definitoria de esa etapa y que, también, ese mundo privado no es de alguien completamente autónomo. Angustia porque el bullying y sus reacciones iracundas o depresivas o las dos cosas salen en los noticieros, porque la circulación de imágenes íntimas -incluso generadas con IA para vulnerar- está entre todos y porque los mandatos sobre qué es un hombre y qué es una mujer, también. Porque casi cualquier padre o madre coincidiría en, como primer reflejo, pensar “mi hijo nunca haría algo así”, aunque esté lleno de familias que, ante la tragedia, descubren un mundo que nadie veía a pesar de que estuviera allí, delante de sus ojos. Adolescencia preocupa porque muestra un mundo lleno de violencia y lleno de vulnerabilidades que está ahí, en nuestro día a día, pero que luce encriptado. Es trabajoso descifrar a un adolescente, pero tal vez esa sea la forma de cuidar en esa etapa de la vida.
La serie angustia porque todo lo que cuenta está a la orden del día. Tanto que su director dijo que no se habían basado en un caso real en particular, sino en muchos.