El deseo de una nueva historia surgió hace diez años, cuando casi perdió la pierna en una pelea y su pareja se marchó, junto con su hijo. Supo que quería una vida distinta.
Desde ese momento, ‘Tigre’ (pidió usar solo su apodo) se puso como meta dejar las calles, que entonces eran su hogar.
No ha sido fácil, a diario lucha con su pasado, fracasos, y con la soledad, pero asegura que no hay retorno.
El 14 de agosto, ‘Tigre’ celebrará una década de estar alejado de las pandillas, la marihuana, la clefa, el ‘pitillo’, pero sobre todo del odio a todo lo que le ocasionó sufrimiento cuando era un pequeño.
Cree que ya recibió su regalo por ese aniversario. Hace tres meses conoció a su madre y a sus hermanos, y empezó a sentir que por fin tenía una familia. Pero antes de eso, la lucha fue en la más completa soledad.
Cuando conoció a su madre temía que se hiciera la idea de un hijo de bien, sin cicatrices, pero lo aceptó tal como es. Le comenté que la peor parte de sus errores las pagué yo, pero no le guardo rencor, confesó.
Resiliencia pura
‘Tigre’ escapó de su hogar en el Plan Tres Mil cuando era un niño, solo recuerda que en esa época su nombre era Franz Reynaldo, que después fue cambiado.
Cansado de los abusos de su madrastra, que incluso intentó matarlo -dice-, buscó en la calle lo que no encontraba en casa.
Tenía siete años cuando fue llevado a un centro de acogida, pero a los catorce también escapó de ese lugar. “Me cansé de estar ahí, de que se hicieran la burla porque no tenía familia. En los hogares uno solo es un número, nos dan lo básico, alimentación, aprendizaje, pero nada de amor”, recordó.
Comía sobras, robaba y dormía en la vía pública, hasta que fue haciendo amigos con los que consumía drogas. “Me drogaba por llenar el vacío de que ni mi madre me quiso. Fue algo muy duro. Estuve 14 años en la calle”, recordó.
La familia que no conocía de niño la encontró en la calle, era otro tipo de amor, ese que no se demuestra físicamente, sino con respeto, y poniendo el pecho por el “carnal”.
Con ellos se drogaba, también peleaba y se autolesionaba. Muchas de las cicatrices que hoy tiene, resultaron de heridas autoinfligidas. “Es cuando nos pasábamos de drogas, y venía la depresión. Ahí solo sobrevive el más fuerte, está prohibido mostrar debilidad”, confesó.
Nuevo hombre
Cree que tuvo una vida oscura, y por eso muchos recuerdos quedaron enterrados. Hoy, ‘Tigre’ prefiere contar que ya perdonó a su madre, que lo abandonó; a su madrastra, que quiso matarlo y lo abusó hasta el cansancio.
Me ha pasado de todo en la calle, pero esto no es competencia de quién sufrió más, hay que aprender a perdonar, reflexionó. En ese camino de dejar atrás el dolor, salió bachiller, entró a la universidad Domingo Savio con una beca, pero no pudo con el peso de sus cicatrices y tatuajes. Se sentía muy incómodo. Salir de la calle no es difícil, lo duro es mantenerse lejos porque la sociedad es muy prejuiciosa, no cree que uno ha cambiado y se choca con una pared muy grande, dijo. Hoy trabaja en una llantería, por la doble vía a La Guardia, cumple horarios, alquila un cuarto, y sabe cuánto cuesta tener sus propias cosas. Chatea con dos hermanos, y sueña con tener su propio negocio de inflado y parchado de neumáticos. Piensa que da plata. También buscó a los dos hijos que tiene, que aún lo rechazan, pero cree que es un proceso que tomará tiempo, así como a le sucedió a él. ‘Tigre’ quiere que a través de su historia, la gente sepa que la parte más difícil viene después de la burbuja de la rehabilitación. “Dios me cambió la vida, pero no la cara, ni los tatuajes”, dice, a modo de recordar a la sociedad que a menudo lo ha juzgado por las huellas de su dura niñez, esa etapa en la que no sentía odio por la gente que se veía feliz, pero sí “nostalgia por esa vida que nosotros no tenemos, de decir ¿cuándo me levantaré de la cama sin haber hecho daño?. Hoy estoy lleno de sueños, si bien he fracasado, al menos lo he intentado, sigo y seguiré haciéndolo, afirmó. Otro reto hoy es aprender a recibir amor, reconoció. Por eso, aunque le ofrecieron darle una torta para celebrar los diez años de nueva vida, ya está nervioso porque sabe que con el pastel habrá muestras de cariño, algo a lo que no está acostumbrado. Toda la vida me han rechazado. Por eso siempre que llego a algún lado es con precaución, no por miedo a que me lastimen, porque ya me han lastimado bastante, sino a sentir el amor. Cuando siento que me dan cariño, desaparezco de forma automática, y así he sido toda mi vida, confesó. PARA SABER - CALENTANDO CORAZONES.- La agrupación de voluntarios le ayuda y valora su historia de vida. “Es una persona con mucha fuerza, ganas de salir adelante, es muy inteligente. Aunque esté mal, siempre tiene la frente en alto y fe en Dios, por eso no ha recaído. Admiro mucho su fuerza y su fe, a pesar de que está solo. Hay que festejar esos diez años”, dijo Gladys Echenique, voluntaria y amiga.
- 38 AÑOS DE RETOS.- Tiene 38 años, 14 de estos los pasó en la calle, dos hijos, de 22 y 14 años. Buscó al que pensó
que era su padre, pero una prueba de ADN le dijo que estaba equivocado.