El dirigente de la Asociación de Payasos de El Alto pide a la alcaldesa frenar y mandar a la cárcel a los payasos clandestinos que operan en la ciudad.
El pedido solo se refiere a los payasos con la cara pintada, nariz de ciruela roja, ropa de Pierrot, zapatos demasiado grandes y mucho desparpajo. Quienes no estén comprendidos en esta descripción, aunque sean payasos de otra manera, no deberán darse por aludidos, incluso si fueran peligrosos.
Eso de “payasos clandestinos” se refiere a aquellos que ejercen el oficio sin dominarlo ni tener conocimiento de sus principios básicos. No saben el ABC del oficio, pero sobre todo no están afiliados al sindicato.
La denuncia del dirigente de los payasos no alude a aquellos que hacen payasadas, por ejemplo, mientras son gobernantes. Esos tendrían que recibir una sanción del sistema estatal, pero ese sistema, en Bolivia, está intervenido por los autores de las payasadas. Ha sido archivado junto con la República. Es que formaba parte de 500 años de oprobio.
Si, por ejemplo, ofreces una revolución moral pero, llegado al Gobierno, das el más grande espectáculo de inmoralidad, no te llegará una sanción de la Alcaldía de El Alto. En ese caso deberás agradecer que la Contraloría no existe. Ni estarás al alcance de las sanciones del brazo fiscalizador del Parlamento, amputado desde 2006.
Si has aprobado una inversión de $us 80 millones para un edificio destinado a Unasur, que fue construido con grandes gastos y sobreprecios, pero no fue usado nunca, estarás fuera del alcance de las sanciones por payasadas, porque habrás entrado en el terreno de la justicia, pero tampoco te tienes que preocupar por eso. La justicia también ha sido suprimida por la “revolución moral”.
O si has autorizado el gasto de $us 960 millones para una planta de urea que no funciona desde 2017, o funciona a media fuerza, podrás decir que esa no es una payasada sino un negociado fabuloso, pero es algo que no está al alcance de las leyes del Estado Plurinacional. Los negociados han sido no solo aceptados como prácticas corrientes, sino santificados y sus autores premiados.
Si pones en cargos públicos a tus hijos opas, siendo presidente, expresidente o fiscal general, habrás llegado muy cerca de la marca para convertirte en payaso legítimo. Quizá hubiera sido mejor darles una educación “especial”, pero tal vez de eso se trata: ahora tendrán compañeros de trabajo con muy pocas capacidades intelectuales. Pasarán inadvertidos.