Cada año se evoca el Día Internacional de los Discapacitados, la fecha es irrelevante; vitalpara las sociedades es que nodebemos trivializar la situación de los discapacitados, por la importanciaque asume este segmento de la población en Bolivia y mundial y, sobre todo, por la solidaridad y el valor elevado de la igualdad.
Deberíamos, con el espíritu fundamentalmente, y con acciones,ayudar a los discapacitados, aunque, muchas vecesprevalece la necedad y la indiferencia cuando se estima que una personade la tercera edad que no oye , ve o cojea no merece ayuda, pues se entiende erróneamente, por comodidad, que son achaques propiosde la edad.
Peor aún, la escasa meditacióne indiferenciano concibeque un niñohaya perdido la visión, no escuche o haya perdidoun brazo, una pierna o ambos. El individualismoasociadocon el egotismo no asignavoluntadefectivapara pensarcomo estas personas con discapacidad sobrevenida que es el término correcto, llegan a sobreviviren esta turbulenta vida.
Evidente es la ausencia de respeto, consideración y discriminación entre humanos, relación en la cual mandatoriamentedebería asumir prioridadla igualdad. Más lacerante aun es la indiferencia conspicua de parte de grandes segmentos de la población que son conscientesde lo que sufren los discapacitados pero prefierencruzar a la aceradel frente sino se verían obligadosayudar, expresado metafóricamente.
Los discapacitados intelectuales y tocados por un enfermedad terminal necesitan de los demás para comprenderin situ lo que les sucedey la calidad depauperada de vida que deben acometer. Aquéllas son personascon energía ilimitada, casi inextinguible, pues no se acostumbran nuncaahaber perdidoalgunas facultades.
Ejemplificando: si alguna vez alguien estuvotemporal o transitoriamenteen una silla de ruedaspor una caída, enyesamiento y se ha necesitadode otros parapoder seguir con la vida; recién, entonces, se toma conciencia,con impacto,de las gradas o escalones,de la falta de ascensores en los edificios de entidades públicas, de la todavía difícil accesibilidada los aviones y otros medios de transporte convencionales, a los cinematógrafos y hasta a restaurantes no preparados para ello, así como en la mayoría de los cruces de calles.
Lo definitivo, por su complejidad, es saber con intelección que estas discapacidades sobrevenidas alas cuales debemos asistiren el discurrir de la vida, son parteindisoluble de ella. Si existe reticencia a asistir a los discapacitadosse morirá dejando la empatíacomo una noble obligación pendiente sin solución de continuidad.
Es motivante, para vivir con esperanza, sentir en el espíritu las discapacidades de los demás y la capacidad de ser iguales.