Cuando se aborda el cambio en un país, es común centrarse en modelos económicos o ideologías políticas. Sin embargo, a menudo se pasa por alto la urgencia de emprender una revolución moral. Este llamado es especialmente crítico ante el notorio deterioro de nuestros valores y principios como sociedad.
La cuestión racial emerge como un punto de quiebre. El racismo, alimentado por la ignorancia y la desconfianza hacia el otro, ha fragmentado a los bolivianos detrás de grietas raciales y regionales. Los estereotipos han reemplazado el genuino conocimiento del otro, llevando a etiquetar a los occidentales como extractivistas y a los orientales como capitalistas explotadores. La elección de líderes se ve influenciada más por el color de la piel que por la capacidad.
La institucionalidad democrática ha sufrido un debilitamiento significativo debido a la corrupción y al tráfico de influencias. La desconfianza ciudadana en el Estado, la Justicia y la Policía ha propiciado un círculo vicioso, donde muchos ciudadanos buscan refugio en la informalidad, el contrabando, el narcotráfico y otras actividades ilícitas.
Bajo esta degradación moral, es ilusorio esperar que solo un cambio económico o político transforme la sociedad para bien. Primero, es necesario reconstruir el entramado moral, ahora corroído. Debemos instaurar la idea de construir un país sobre principios y valores compartidos. La confianza en nosotros mismos debe recuperarse, viendo la diversidad como una fortaleza y avanzando hacia objetivos comunes. Esto debería ser la base de nuestra sociedad y nación.